"El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada
sino la vida, la brillante e intensa vida."

Alain - Arias Misson

lunes, 15 de febrero de 2016

Alma de Mayor (Parte 2)

Y ya que me metí en el ruedo, no me quiero salir sin platicarles algo interesante de un torero ya muy antiguo llamado Antonio Posada, quien era tan elegante y provocaba tan emocionado convencimiento en el público, que era objeto de aclamaciones simplemente por salir del burladero a la arena y enjuagarse la cara con una toalla. Otro hubo, mucho más reciente y a quien tuve oportunidad de ver ya gordo y viejo (Curro Romero, no yo) poner en pié a la plaza con un brevísimo recorte desdeñoso de muleta después de ya escasas y muy retiradas corridas sin triunfar, pero a las cuales sus seguidores no se cansaban de acudir persiguiendo a su ídolo por toda España.

     Menciono esto pues me conmueve confirmar a través de la fiesta brava y del deporte (pero más a través de la fiesta) la enorme capacidad de seguimiento y fanatismo que se posee cuando alguien tiene el don (“el duende”) no nada más en asuntos de poca monta como de los que estoy hablando, sino en arengas de tanta trascendencia como las de San Vicente Ferrer o de Adolfo Hitler; uno como el orador más importante en el cisma de la Iglesia Católica del siglo catorce y el otro como el vocero enloquecido de inmenso y aterrador arrastre del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial en el siglo veinte.

     Genios de la seducción y artífices, para bien y para mal, de sus consecuencias.

     Decía Goethe que aquel que no ha hecho inventario de sus últimos tres mil años vive en la ignorancia y muere en la oscuridad.

     Este inventario que cualquiera puede hacer a grandes trancos según sus inquietudes individuales, deja claramente demostrado que la humanidad se ha pronunciado a través de los siglos por la emotividad siempre que ésta ha entrado en conflicto con el raciocinio …y repito …“ahí queda eso”.

     Me preguntarán que qué carajo tiene que ver todo este rollo con mi vida en el Hospital Central Militar, pero les aseguro que mis grandes éxitos durante esos cuatro años tuvieron que ver con asuntos más emotivos que racionales.

     ¿Cómo conseguir calmar juiciosamente a una mujer enloquecida de dolor que estrella su cabeza contra las paredes del pasillo al decirle que su esposo ha muerto en el traslado del quirófano a su cama cuando ya había salido vivo de una muy laboriosa cirugía de tórax difícilmente decidida y largamente aplazada? …¿cómo conseguir, sin confundirse en el abrazo …compartiendo el dolor, la autorización de una autopsia necesaria para el diagnóstico final y adecuado manejo de los demás familiares, en un niño de diez años? …¿cómo carajo salir ileso –confiando tan sólo en un pinche juicioso donaire– del área de cirugía teniendo que decir a los papás que su niño de tres años acaba de morir por paro cardiaco en una sencilla operación de estrabismo? …¿cómo calmar con razones al teniente coronel borracho que saca la pistola amenazándome de muerte en Urgencias si no le salvo la vida a uno de tantos de su madral de hijos al que llevan moribundo en brazos de una vieja gorda, dizque abrigado bajo sus ropitas con papel periódico empapado en salsa catsup (creí que era sangre cuando al meter mi mano en su pecho la retiré húmeda y roja) y con todavía en la muñeca la tira de tela adhesiva, ya hecha una agujeta sucia y renegrida, hundida en sus carnes magras, la cual se le puso con los datos de la madre cuando nació entre nosotros seis meses atrás? ….y quiero decir que esa madre, ya internado y apenas empezando a recuperar el crío sus signos vitales, se empeñaba en llevárselo alegando llorosa: ‘no lo puedo dejar solito …me necesita …me lo van a desatender’ … ¡qué ignorante! ¡cuan pendeja! …que jija de la chingada …¿y el papá? ... pa’la madre mi general …pa’su pinche y puta  madre.

     Estos son los verdaderos éxitos si consideramos que ‘éxito’ significa “salida”…salir uno vivo …sacar al paciente vivo. Los otros, los de buenas calificaciones, son ‘triunfos’ y los de buenos resultados, como el control y mantenimiento de la salud del paciente, son sólo: ‘deberes’.

     Una vez semblanteado mi hábitat y personalidad de aquellos años, continuaré mi relato.

     Éramos veintiocho los internos de primer año y nos alojábamos peor que en la Escuela (sólo que ya sin chinches) pues ocupábamos camas en amplias áreas comunes del hospital en el sexto piso (el de hasta arriba). Sólo llegábamos a la cama, un casillero chaparro y ninguna silla. Como si fuéramos un soldado encamado, ni más ni menos …pero sin buró.

     Con este antecedente no era de extrañar que cuando me tocaba atender a un general lo trataba como a cualquier soldado, inyectándolo o puncionándolo con las mismas agujas multi usadas y chuecas que había que enderezar golpeándolas suavemente con el martillito de probar reflejos. Al apretar para exprimir pus de una herida infectada nunca pensé si era soldado o general el paciente y, por supuesto con frecuencia, el director del hospital me decía moviendo sonriente la cabeza “no me causes problemas ‘manolete” (éste querido maestro así me decía, y me quería lo suficiente para soportarme y apoyarme pues durante todo el sexto año de la carrera fui pasante en el Sanatorio Durango, adonde él tenía su consultorio).

     Cómo me gustaría que este buen neumólogo, don Antonio Torres de Anda, viviera y leyera en estas páginas mi sentido agradecimiento y admiración.

     He aprendido que el agradecer así como el pedir y dar perdón debe hacerse a cualquier edad y en cualquier momento, independientemente de que vivan o no los protagonistas. No sé si a los muertos les llegué nuestra muestra de amor, pero a nosotros nos hace muchísimo bien.

     En el mostrador del pasillo de esa área en que dormíamos y a la cual por lo general sólo íbamos a cabecear sueños contenidos y apresurados, había un teléfono que era un aparato de tortura latente. Lo contestaba un soldado que hacía guardia sentado junto a él día y noche como si fuera un ícono sagrado.

     Oír repiquetear ese teléfono en la madrugada seguido de algún monosílabo adormilado de aquel ordenanza y luego sus botas arrastrándose hacia el interno requerido hacia que yo me encogiera en la cama queriendo desaparecer.

     Muchas, muchísimas veces durante aquellos dos primeros años, llegó con su mano respetuosa a tocarme el hombro (no hacía falta ni sacudir; sólo un leve toque) diciéndome:

     ---- Mi mayor …tiene un ingreso.

     ¡Puta madre! Si estoy de guardia en Dermatología ¿qué pinche enfermedad de la piel amerita internarse a las dos de la mañana?

     Pues sí; …si esa sala tenía una cama disponible y acababa de llegar un fracturado de fémur no habiendo cama en ninguna de las dos salas de ortopedia, me correspondía el ingreso y no sólo interrogar, explorar, tomar placas radiográficas, escribir la historia clínica, dejar indicaciones, sino además solicitar y dejar armados todos los tubos, poleas, cadenas y argollas que formarían encima de la cama todo ese circo necesario para mantener al paciente con la posición y tracción adecuada en espera de que el jefe del servicio a la mañana siguiente, pasando visita, simulara estar encabronado por tal invasión, pero que luego ya con el ortopedista, que por lo general era su gran cuate, se pasara un buen rato platicando de piel y huesos sabrosamente mientras a mí se me caían los calzones junto con los párpados presa de un cansancio que ya no era natural …bueno sí …era más natural en esa época que el estar bien despierto, máxime que durante la noche había generalmente más de un ingreso, ya que cargaba uno, además de con su sala, con la de un compañero que era pareja durante el mes y que había salido franco esa tarde y noche respectiva.

     Las salas se distribuían cada mes y se rotaba por todas, incluyendo consulta externa, banco de sangre y patología, donde no había ingresos nocturnos, pero que no eran apetecidas por no tener cirugía y por lo cual a veces se distribuían como salas ‘de castigo’ cuando el interno ameritaba una llamada de atención por alguna leve deficiencia en su servicio.

     También rotaba uno por algunos hospitales regionales.

     Yo roté por el de Irapuato en el primer año y por el de Chilpancingo en el segundo. Ahí sí lo atendían a uno bien y tenía cuarto para pasarse un mes lindo con la esposa si ya eras casado (no sé si algún compañero se aventó el mes de romance con alguna amante, pero nadie se lo hubiera impedido ya que no se pedían papeles comprobatorios de matrimonio).

     Recuerdo bien esto pues al de Irapuato fui casi de luna de miel (que había sido sumamente breve) y en el de Chilpancingo, en segundo año ya, fue concebida mi primera hija.

     En este hospital vi por vez primera en mi vida a la gente rezar de rodillas a gritos ante un temblor de tierra, y es que en esas regiones guerrerenses los temblores no se andaban con mamadas como en el D. F. …hasta 1985, en que el subsuelo se vengó con creces de tantos amagos así como de temblores leves, como el que causó la caída del Angel de la Independencia unos años antes y que hizo salir a familias de la colonia española en auto a ver el espectáculo del angelote caído; igual que iban en la edad media en sus carretas de bueyes a ver los ahorcamiento campiranos de la Inquisición con sus canastas de víveres y chiquillería alborozada.

     ¿Saben que me pasa? Que mi vida ya es larga, mi memoria es buena y mis lecturas numerosas, por lo que me cuesta mucho trabajo dejar de ir discurriendo ampliamente por el hilo del suceso que tomo entre manos y a veces da la impresión de que divago y de que me puedo perder; pero nada de eso, ya verán cómo regreso, pero antes quiero compartir una cosa horrorosa, cruel y estúpida disfrazada con el falso barniz de las buenas costumbres en cuanto a ejecuciones de la Inquisición y que me acaba de venir a la memoria.

     Fue durante el siglo dieciséis, en Almería, donde un sastre llamado Francisco Vázquez (este caso es famoso) y su esposa fueron condenados a morir ahorcados. El así murió, pero ella no, pues, considerando las autoridades que era indecente que una mujer colgante mostrara sus piernas algo más arriba de lo que indicaban las buenas costumbres, le fue cambiada la pena por la de ser enterrada viva; así se hizo.

     Pues en Chilpancingo vi a un médico militar bastante mayor que yo atender un parto bajo hipnosis de un modo sumamente fácil y que además me dejó maravillado ya que, una vez expulsado el crío y la placenta completa, el obstetra le pidió a la paciente que contrajera la matriz y ¿qué creen? ...se le hizo chiquita y dura, dejando de sangrar, igual que si se le hubiera inyectado a la madre la ampolleta de rigor en esos casos para contraer el útero y controlar el sangrado.

     Aquel facultativo me permitió tocar el vientre, y al notar la poderosa contración uterina que supuestamente no depende en absoluto de la voluntad, me emocioné tanto que desde ese momento me prometí aprender a manejar así los partos …y algunas otras cosas que ya mi fantasía clínica comenzaba a barruntar
    
     Además, y para demostrar el control que bajo hipnosis se tiene del sistema nervioso autónomo (el cual no depende de la voluntad) le pidió a la señora que aflojara ligeramente la matriz y dejara salir un poco de sangre para que así me quedara demostrado el aflojamiento sin tener que volver a permitir el contacto de mi mano trémula sobre ese bendito vientre.

     Luego le volvió a pedir contracción uterina y la sacó del trance con palabras dulces, haciéndola irse a su cama caminando vivamente más fresca y encendida que una rosa.

     Ese mismo año me metí a un curso de hipnosis clínica en el Centro Médico Nacional del Seguro Social y resulté ser un hipnólogo exitoso. Tal vez más adelante les platique de algunos casos bonitos manejados por mí.


     Confieso que con  mi esposa fracasé rotundamente.

lunes, 25 de enero de 2016

Alma de Mayor (Parte I)

A L M A  D E  M A Y O R

LOS DOS PRIMEROS AÑOS

                                               (El internado)


     Fue de noche, cuando bajaban por la montaña los campesinos en larga fila india con una vela en la mano para iluminar el atajo, protegiendo la llama con el sombrero.

     Terminaba el once de diciembre de 1960 y sus cohetes nos hicieron creer que eran disparos de obús, siendo que eran saludos a la Virgen de Guadalupe, próxima a despertar el día de su santo aclamada con tamaño estruendo allá, por las montañas y grutas de Cacahuamilpa.

     Fue en aquel hospital móvil de campaña cuando un ordenanza me entregó, siendo capitán primero pasante de medicina, el oficio en que ya mi nombre figuraba por primera vez con el antepuesto: “Mayor M. C.”

     ‘Mayor Médico Cirujano’ ¡sí señor! ...y del Ejército Mexicano.

     Se me indicaba el día de enero de 1961 en que debía presentarme acuartelado en el Hospital Central Militar para iniciar mis dos años obligatorios de internado rotatorio.

     Había terminado ya la carrera de Médico Militar.

     Desde el día siguiente podría ostentar en mi gorra y sobre los hombros la dorada estrella de ‘mayor’.

     Las románticas y juveniles tres barras de capitán pasarían a ser un dulce recuerdo.

     Confieso que, aunque la ilusión por lucir la estrella más que ilusión fue obsesión desde que inicie los estudios en la Escuela Médico Militar, seis años atrás, me había encariñado tanto con el grado de capitán primero que no me hubiera importado quedarme toda la vida de capitán como Von Trapp, el de la Novicia Rebelde o el capitán Alatriste de Pérez Reverte.

     Con el grado de Mayor como personaje romántico solamente sabía de aquel fuerte personaje de la cinta mexicana “Viento Negro” al cual le decían “el mayor” pero por ser ‘el mayor hijo de la chingada’.

     A mayores alturas, ajenas a la Medicina, no rayaba dicho grado como símbolo apetecible dentro de mi marcado romanticismo, excepto por un personaje lleno de poesía: ‘el padre’; motivo central del poema “Algo Sobre la Muerte del Mayor Sabines”.

     ¿Se acuerdan cómo le lloraba Jaime a su padre muerto?

                            ...“Amo tus canas, tu mentón austero,
                        tu boca firme y tu mirada abierta,
                        tu pecho vasto y sólido y certero”.

     ¿Y cómo le reclamaba por su muerte?

    ...“Algo le falta al mundo y tú te has puesto
                        a empobrecerlo más, y a hacer, a solas
                        tus gentes tristes y tu Dios contento”.

     Más adelante, casi enojado, lo increpa:

…“Y mientras tú: el fuerte, el generoso,
                        el limpio de mentiras y de infamias,
                        te ocultas en la tierra, te remontas
                        a tu raíz oscura y desolada”.

     Nuestro gran poeta chiapaneco Jaime Sabines hizo lazos dolientes de hermandad, a cinco siglos de distancia, con Jorge Manrique, aquel famoso militar y poeta español, poseedor de un trecenazgo (comparable al grado de Mayor) de la Orden de Santiago; muerto en campaña y creador de las famosas “Coplas a la Muerte de Mi Padre” ¿se acuerdan? ...las leíamos en clase de literatura en secundaria y hasta las declamábamos en concursos.

                              “¿Qué se hizo el rey Don Juan?
                         ...los infantes de Aragón
                         ¿qué se hicieron?

                               ...¿Qué fue de tanto galán?
                          ...¿que fue de tanta invención
                          como trajeron? ...

      …Y así, páginas y páginas de largos poemas en que ambos desgranaron su dolor de y para, seres románticos que ostentaron el grado de Mayor y que con tal grado murieron.

     Yo tenía ese grado cuando perdí a mi padre, pero no supe hacer un poema largo que desahogara mi dolor. Sólo supe aferrarme a un fragmento de la “Elegía” de Miguel Hernández como una oración repetitiva durante los muchos meses que pasaron para que, siquiera por un día, dejara de pensar en él.

                   “No hay extensión más grande que mi herida;
                             lloro mi desventura y sus conjuntos,
                             y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
                             y sin calor de nadie y sin consuelo …
                             …voy, de mi corazón …a mis asuntos”.

     Pero no se crea por esto que el grado de Mayor tuvo ni tiene un significado triste para mí. Fue, ostentándolo, la insignia de una de las épocas más plenas y gloriosas de mi vida.

     Esto del cariño especial que le tuve al grado de capitán tenía, entre otras  razones de ser, una que debo explicar a quienes, leyéndome, desconozcan la secuencia del sistema mexicano de grados militares.

     Nuestro sistema es el francés y viene corriendo desde los tiempos de Maximiliano y Benito Juárez. Es un sistema “de tres en tres” a saber:

     Clases: (de una, a tres cintas) cabo, sargento segundo y sargento primero.

     Oficiales: (de una a tres barras) subteniente, teniente y capitán.

     Jefes: (de una a tres estrellas) mayor, teniente coronel y coronel.

     Generales: (igual pero con águila) brigadier, de brigada y de división.

      De esta manera es fácil comprender que siendo capitán se es el oficial de más alta graduación y siendo mayor se es el jefe de la menor. Sólo estando dispuesto a una muy larga lucha castrense (catorce años más, aparte de los seis de carrera, para llegar al ascenso a teniente coronel) podía yo darle significado de grandes alcances a este grado. Otro modo de honrarlo me parecía que era el hacer del grado de ‘mayor’ un paradigma permanente e inmutable de profesionalismo liberal y de excelencia, más orientado hacia la medicina que hacia la milicia, como lo habían logrado varios de mis grandes maestros permaneciendo con grado militar modesto pero con altísima graduación como médicos. Tal fue el caso de Don Raúl Fernández Doblado quien se aferró toda su larga vida al grado de ‘mayor’ rechazando toda posibilidad de ascenso castrense.

     Don Raúl fue maestro de maestros y el mejor ginecólogo y obstetra mexicano de su época.
   
     Desde aquí le rindo mi más sincera admiración y agradecimiento; querido maestro.

     Durante los estudios de la carrera no me fue raro escuchar a militares agregados al profesorado decirnos que uno era  militar antes que médico. Muchos no pensábamos así, entre ellos yo.

     Nunca me importó gran cosa, ya como médico, que al dirigirse a mi se omitiera mencionar mi grado, pero me encabronaba que se me dijese ‘señor’ en vez de ‘doctor’.

     Con los años aprendí que ser “señor” es más difícil.

     “Señor” se dice ‘dómine’ en Latín y de ahí viene la palabra: “Don”.

     No cualquiera es “Don”.

     Abundando en este sabroso tema quiero hacer notar que aquellos que en su correspondencia ponen: ‘Señor Don’ fulano de tal …avientan pleonasmos alegremente (‘Señor Señor’ fulano de tal) (hazme el chingado favor) pero que sí se vale poner ‘Señora Doña’ fulana de tal …a ver …a ver …¿por qué? …¿no que llevaste lengua y literatura española en secundaria y etimologías griegas y latinas en el bachillerato?

     Pues porque ‘doña’ no viene de ‘señora’ sino de ‘dueña’.

     ¿Ya ves que bonito es ir a clases en preparatoria en vez de andar de pinta “disfrutando” de tu juventud? …¡Papá! ¡déjame disfrutar mi juventud! …¿te suena? …y luego, ya de general, ya de ministro, andas haciendo el oso sin saber redactar ni el sobre de una carta …¿no te digo?

    En aquellos tiempos los lanzamientos hacia los altos grados y puestos llegaban por si solos a médicos militares destacados en su profesión, quienes contando con el reconocimiento y simpatía de altos funcionarios militares y/o políticos eran invitados a ocuparlos sin haber hecho cursos especiales en altas y avanzadas escuelas puramente militares …que si la Escuela Superior de Guerra …que si el Colegio de Defensa Nacional …como sucedió años después.

     Incluso hoy en día habemos quienes tememos por el mantenimiento de la excelencia de los médicos militares porque muchos hay que le dan enorme importancia a ocupar puestos ‘con nivel’, es decir, puestos en los que, por haber cierto manejo y mando de personal y haberes, se le otorga a quien lo ostenta un sueldo notablemente mayor que si tiene un puesto nada más salvando vidas ¿qué te parece? …sin comentarios.
    
     Pido disculpas por este breve “interpeluso” (como diría una querida amiga ‘bachillerata’) y esperando que no me hayan soltado el hilo del interés les contaré cómo era el hábitat en que me tocó vivir durante no dos sino cuatro largos años en el querido Hospital Central Militar de la Ciudad de México.

     Este hospital se veía por las noches, desde la ventana de mi cuarto, siendo cadete, como un enorme y majestuoso trasatlántico lleno de luces que lo iluminaban. Luces blancas, azules, amarillas y rojas parpadeando en sus torres y antenas. Quirófanos y salas llenas de luz, lugares dentro de los cuales mi fantasía me hacía presentir grandes emociones. Grandes dramas.

     Me parecía grande y bello, mucho más que el “Titanic” (o que el reciente “Oasis de los Mares” cinco veces mayor).

     Cobijaba en su seno a unos mil pacientes internados, lo cual era una cantidad importante considerando que en aquellos años la ciudad era menor, limpia y tranquila. Que por las noches podía uno identificar las constelaciones desde cualquier azotea o espacio abierto como lo fue la explanada de la Escuela aquella noche en que, seis años antes, estuve hecho un idiota, uniformado y a pie firme, esperando a que bajaran todos los alumnos creyendo; recién ingresado y novateado, que el toque de “silencio” había sido “llamada de tropa”.

     Durante el día, calculo que entre personal y pacientes, tanto internos como externos, albergaba una cantidad cercana a las cinco mil almas en una jornada de veinticuatro horas común y corriente.
    
     El supuesto mar donde navegaba mi trasatlántico eran enormes espacios abiertos en los que no solamente se estacionaban coches, se pasaban listas, se izaba o arriaba la bandera, sino que sobraba espacio para que el Dr. José Guadalupe Martín del Campo Barba (nombre largo al igual que su ilustre trayectoria) paseara su originalidad, audacia y talento subido en una calesa tirada por su gran caballo prieto cuarto de milla a través de los jardines y altos árboles de nuestro hospital. Desde las ventanas lo veíamos con regocijo y envidia. Era tan alto aquel caballo, el cual no solo tiraba de la calesa sino que otras veces era montado por el querido maestro, que cuando, cabalgando encima del mismo salió un buen día a curiosear las obras del Anillo Periférico; sumergido confiadamente en su montura y en sus pensamientos, inmerso en tan ruidoso ámbito, el animal dio un reparo y don Guadalupe cayó lejos, rompiéndose una pierna. Asunto que, aunque él aseguró a medio mundo que no lo alejaría del caballo y que volvería a montar al mismo animal y por los mismos lugares; lo alejó ya para siempre de la equitación y sus paseos a caballo por el Anillo Periférico apenas en obra.

     Era el doctor Martín del Campo jefe del departamento de 'Terapia Ocupacional. Prótesis Faciales y de Extremidades' del Hospital Central Militar; creador de prótesis cosméticas reconocidas y solicitadas en el mundo entero; escultor y artista consumado cuyas obras escultóricas como: 'El Jarabe Tapatío', ‘Minerva', 'Danza de Centauros' y varias más han sido objeto de alabanza y merecido reconocimiento en nuestro país.

     Poca gente  sabe que el monumento que mejor ensalza el espíritu del Ejército Mexicano, el del “Conscripto”, levantado en la avenida del mismo nombre, frente al Campo Militar Número Uno, el cual está dedicado al apoyo del soldado, …no a los oficiales, …no a los jefes, …no a los generales, es obra de este médico militar, quien supo amar más al soldado que al ‘puesto con nivel’.

     …Ahí queda eso.
    
     Hermoso y amplio entorno hospitalario en aquel entonces lleno de soledad aparente y romanticismo real adonde siendo yo médico interno estacionaba lejanamente mi coche entre los árboles de atrás del auditorio durante algunos descansos domingueros y en su interior sostenía con la novia calurosas entrevistas.

     Al pie de un alto y frondoso árbol de este lugar enterré a una criatura producto de pocas semanas de gestación que mi esposa y yo tuvimos la pena de perder en el primer embarazo.

     Esta pérdida me pinta de espíritu entero en aquellos años pues habiendo quedado el cuerpecito, midiendo menos de dos centímetros, en un lugar accesible, lo recogí y le pregunté por teléfono a mi tío Eduardo, el sacerdote tan querido, acerca de qué pasos seguir conforme a nuestra religión.

     Me contestó que lo descubriera de cualquier membrana que lo estuviera tapando, y le goteara después agua, diciendo: “yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” …y a continuación lo enterrara en algún lugar respetable y bienamado.

     Así lo hice, envolviéndolo después en un pañuelo de papel, adentro de una caja de cerillos, siguiendo al pié de la letra sus instrucciones saltándome a la torera el supuesto aunque no especificado “amén” y agregando “con el nombre de Eduardo” pues ya se le notaba que era un hombrecito que, si no estaba muerto a la hora del bautizo, llegaría derechito al cielo y no se quedaría de bobalicón en el limbo por toda la eternidad.

     Desde ahí debo haber tenido siempre un angelillo de abogado al cual sigo idealizando como algo real pues creo que para mi ángel de la guarda solitario, sin un secretario particular, hubiera sido mucho trabajo sacarme vivo y con sano juicio de tan agitada vida como la que llevé ya fuera del ejército años después.

     …Y aunque hace ya muchos años que mi espiritualidad no está poblada por figuras angelicales ...sí …estoy seguro de que he tenido un par de atentos, amorosos y fieles cuidadores incansables en ellos.


     Que nadie diga que no estoy dispuesto a dar el beneficio de la duda posible a tan tiernas e improbables creencias, ya que soy un fiel promotor ante mis ahijados de las palabras escritas por el insigne psiquiatra norteamericano William James, quien sostiene en su bella e importante obra “Las Variaciones de la Experiencia Religiosa” algo que de mucho me ha servido y consolado: “lo que tú crees, si te funciona; es lo verdadero” … y yo digo una vez más …“ahí queda eso” …como dicen los buenos toreros después de dar un recorte pinturero y poner a la plaza en pie con tan sólo un detalle.