"El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada
sino la vida, la brillante e intensa vida."

Alain - Arias Misson

lunes, 8 de julio de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 39: Noqueando a la casa, a la familia... y otros nocauts


39

NOQUEANDO   A  LA  CASA,  A  LA  FAMILIA 
…Y  OTROS  NOCAUTS


     Con el consultorio de Lindavista le dí en la madre a la vida familiar.

     Para empezar nos quedamos sin la recámara matrimonial pues ahí empecé a atender pacientes en lo que iba a ser un mundo de consulta en Lindavista.

     Yo había leído que Fuchs (enorme oftalmólogo alemán de tiempos pasados) había comenzado a dar y prestigiar una gran consulta con una silla en la azotea de su casa sin más fuente luminosa que el sol, así es que me parecía que yo estaba empezando en un palacio (no tan real como el de Polanco, pero palacio al fin de cuentas porque ahí estaba yo con ese enorme carisma que, para bien o para mal, Dios me dio)

     Esto del carisma no es mamada ni vanidad mía. Merece ser platicado, pues, aparte de que la palabra “lindavista” ya era carismática en eso de curar ojos, no me explico la rapidez del éxito más que por el carisma.

     Del carisma se puede hablar, pero no presumir. Es un don, no un merecimiento y no se da a fuerza entre gente linda y positiva.

     Yo he conocido a una bola de seres malos peligrosos y dañinos, profundamente carismáticos.

     Cuando lo tienes no te lo puedes quitar, es como si Dios te hubiera marcado profundamente.

     Antes de seguir quiero platicar un chiste acerca del ‘”carisma al revés” que me contó hace poco Anaí, mi querida hija menor.

     Era un pobre hombre que perdió los brazos en un accidente y decía:

     ---- Gracias Señor porque en tu infinita sabiduría me has privado de mis brazos que pudieron haber llevado a mis manos a ser instrumentos del mal.

     Poco después lo atropelló un trailer y le cortaron las piernas … y decía:

     ---- Te agradezco Señor que me hayas quitado las piernas porque así puedo estar en reposo alabándote y pensando en Ti en vez de andar corriendo tras las abominables prostitutas y en la incansable búsqueda del detestable becerro de oro.

     Más adelante le cagó una paloma en los ojos y quedó ciego …y lo mismo:

     ----Gracias Señor por haber preservado a mis ojos de ver películas pornográficas y de leer propaganda y lemas políticos que te atacan sin el menor respeto.

     Hasta que en una de esas se abre el cielo y baja un enorme pulgar como del tamaño del Monumento de la Revolución aplastándolo y recontra aplastándolo con enojados movimientos circulares de vaivén mientras se escucha una voz retumbante en los cielos que dice:

     ---- ¡¡QUE!! … ¿¿NO ENTIENDES QUE ME CAGAS ??     

     Bueno; pues esto, pero a la visconversa es el carisma.

     Todavía no sé si es porque le cae uno bien a Dios o todo lo contrario.

     Poco después ya no teníamos sala ni estancia ni se podía poner la televisión ni el radio. Mi esposa era mi secretaria, recepcionista y ayudante. Por la recepción pasó también una prima y hasta la maestra de kinder de Thaida mi hija mayor, miss que por cierto estaba monísima (desde niño me encantaron las misses, guapas o regulares …y a lo mejor hasta feas …tendría que hacer memoria …fueron tantas en el colegio Tepeyac …sobre todo las que daban clases de Inglés) y por cuya culpa noté por primera vez la clase de celos africanos que se gastaba Conchi.

     Resulta que una tarde llegó esta maestra a trabajar bajo un gran aguacero. Llegó empapada y le permití ponerse alguna ropa seca de mi mujer (ella no estaba en casa en ese momento) …jamás lo hubiera hecho; creo que hasta el trabajo le costó a la miss Angélica (así se llamaba aquél angelito; también me acuerdo del nombre de la enfermera que me llevó a mi primera infidelidad pero esas cosas no se dicen. En la vida he sido cabrón, pero siempre caballero).

     Esto de contar aventuras con pelos y señales; nombres y datos precisos de conquistas, de seducción, a veces con alcohol, de chicas vírgenes, entre risas y chacoteo; de dar nombres de enfermeras u oficinistas o pacientes o amistades y conocidas que quisieron tener un hijo con uno, ya fuera insinuándolo, ya fuese provocándolo, ya fuese consumándolo  ¿quién no lo vivió? Eso, siempre, siempre, desde que supe del sexo y sus avatares, me pareció detestable en grado sumo y fue causa de que yo dejara de tratar a más de un compañero.

     En mi casa llegó a estar prohibido cualquier ruido. No llorar. No reír. No hablar en voz alta. Primero estaba el paciente, luego el paciente y después el paciente. Hasta la sopa de mis hijas se comían mis pacientes.

     Claro que esto les dio a ellas viajes, estudios y bienestar económico, pero las privé de otras cosas más importantes en su muy temprana infancia (tanto Thaida como Dunia tenían menos de cinco años en aquel entonces).

     Afortunadamente los dueños del duplex donde vivía y trabajaba me lo pidieron pues un hijo de ellos acababa de terminar la carrera de medicina en el Politécnico. Se llamada Abdías (¿cómo no recordar nombre tan singular?) y los papás creyeron que el lugar era mágico y perfecto para triunfar, así es que me tuve que ir con la música a otra parte.

     Ya por esos días una “doctora” (era partera), la famosísima “Doctora Conde” de la Lindavista, La Villa y sus alrededores, me había ido a visitar y a insinuarme el irme a trabajar con su grupo en un sanatorito de doce camas que estaba en la calle de Río Bamba # 800, ahí cerquita, y en donde yo había operado en algunas ocasiones a pacientes privados, dada la cercanía con mi casa.

     No solamente en ese pequeño sanatorio andaba yo operando. También operaba en uno de cuatro camas de un tal Dr. Larrañaga, médico general quien no me mandaba los pacientes sino que me preguntaba, por ejemplo, que en cuánto le salía un pterigión (carnosidad) cuyo diagnóstico era pan comido para cualquiera y me pedía que le operara a “su” paciente en “su” sanatorio y él me pagaba …vaya, como una premonición de lo que ahora hacen los seguros de gastos médicos …pero en chiquito. Nunca me gustó, pero de ahí salió algo sumamente importante en mi vida que quiero platicar antes de seguir con la doctora Conde y su invitación de irme p’al MIG.

     Resulta que uno de los pacientes que operé en aquel mini sanatorio (a mí me daba igual operar en grandes que en diminutos quirófanos) era un médico físico culturista. Se llamaba Álvaro y estaba mamadísimo. Era muy buena persona y quedó bien de su pterigión a pesar de que se lo tuve que quitar con una enorme hoja de bisturí de cirugía general pues aquel quirófano liliputiense en sus dimensiones era gulliveresco en sus instrumentos.

     Por esos días tuve un agarrón automovilístico con un pendejete que me hizo sentir mal (ya no me acuerdo muy bien cómo fue el asunto …eran tantos y tan seguidos) y no nos dimos de golpes, por poquito. En esa ocasión recapacité seriamente en la conveniencia de aprender un arte marcial …total, me decía yo …en seis meses voy a estar como navaja para estos menesteres (iluso de mí que cuando lo hice; a los seis meses estaba todo desgarrado de los muslos y hasta un niño de diez años me hubiera podido madrear …como una vez sucedió …a lo mejor y hasta luego se los cuento).

     Pues a este Dr. Álvaro (…no recuerdo qué más) le pedí que me averiguara cuales eran las mejores escuelas de artes marciales en el D. F. y me recomendara alguna en particular. Yo pensaba que ser fisico culturista y saber de artes marciales era cosa natural. ¡Que equivocado estaba yo, que luego me dí cuenta de que el exceso en el desarrollo muscular no era propio de esas andanzas! Afortunadamente mi paciente era serio y concienzudo.

     Como no le había cobrado y además ya éramos buenos amigos, me hizo bien el estudio y un buen día me llegó con la novedad de que el mejor arte marcial era coreano, se llamaba Tae Kwon Do, y que la mejor escuela en México era la Moo Duk Kwan.

     ¿Ya lo ves?, andaba por las batallas oftalmológicas y ya estoy metido en las madrizas del Tae Kwon Do. Será éste otro asunto que meto al tintero con la intención de volverlo a sacar …a ver si no se me ahoga en tanta tinta …pero ¡que chingaos! más vale que me “zo …zobren” los temas y no que me “fa …falten”.

      …Otro chiste al respecto …para variar (esta vez inspirado en la zozobra).

     Está la viuda llorosa durante el velorio de su borrachín marido y se acerca la comadre:

     ---- ¡Ay Adelita! cuánto siento lo de Sempronio …mira que morir así, ahogado en un barril de cerveza sin poder salirse.

     ---- ¿Sin poder salirse? ¡Si se salió tres veces a mear!

     Y para que no se me ahoguen en tinta les voy a platicar de mis dos nocauts en el Tae Kwon Do. Uno lo propiné yo casi sin querer y el otro me lo propinó a mí un chamaquito también  sin proponérselo.

      Resulta que para obtener la cinta negra había que dar cien clases siendo marrón. Al terminar yo de dar una de ellas se me acercó un joven de unos veinticinco años a quien yo veía por primera vez esa mañana. Me había pasado desapercibido durante la clase de hora y media y eso sucedía cuando un alumno hacía las cosas bien (los que las hacen mal son los más notorios).

     Se me acercó y me dijo:

     ---- Profesor …¿Me da chance de pelear un round con usted? (yo ya tenía cuarenta y un años; había comenzado de treinta y siete).

     ¡Ay cabrón! pensé: ¡un león rasurado!

     Los leones rasurados no eran raros; uno ya me había puesto una putiza cuatro años antes. Eran muchachos locos ya con cintas avanzadas que se andaban metiendo en escuelas donde no los conocían, ostentando la cinta blanca de principiante para madrear gente no más por gusto. El que me golpeó era ya cinta marrón con Chuck Norris en Los Ángeles y cuando venía a visitar a su familia a México se divertía de tan miserable manera. (Siendo yo marrón tomé justa venganza una mañana en que el incauto llegó ostentando su cinta blanca …cuatro y medio años después …¡que gusto me dí! …Diosito me lo mandó …¿qué no dice la canción: “Qué bonita es la revancha cuando Dios nos la concede”? …ya nunca regresó).

     Ni pedo…tenía que aceptar el reto pero sin darle el menor chance. En artes marciales no hay amago que valga, si te descuidas se te viene el mundo encima como si fuera un trailer …¡fuuúcuuutuuun! …y más si fallas, pues acabando el ataque es cuando quedas más desprotegido. Por lo tanto aullé mi kiap estentóreo, solté la patada que “más hecha” tenía a la cabeza y este pobre la recibió de lado, sobre la oreja, fue a dar contra la pared y ahí le volvió a rebotar la chola. Quedó tirado como muerto.

     ¡¡Qué susto!! ¡¡Qué tremendo susto!! Le separé los párpados y no…no estaba muerto … la pupilas estaban iguales y pequeñas (tal vez demasiado pequeñas, tal vez algo intoxicado). Respiraba y al poco rato, que me pareció eterno, se movió, se levantó y cuando se percató de adonde estaba, juntó las manos, se inclinó, se despidió y cuando ya se iba le pregunté:

     ---- ¿Por qué lo hiciste compañero?

    ---- Pa …pa …para pro …probarme a mí mismo, contestó mientras le temblaba la barbilla.

     ¡Anda a que te den por el  culo! (esto es lo que se dice en buen Castellano como colofón en estas situaciones y yo no lo dije pero bien que lo pensé).

     Pinche bola de locos entre los que he andado metido toda la vida.
     Las tardes de examen cada seis meses olía a alcohol y a marihuana de a madres.
    
     El turno de ser noqueado me tocó en una de esas clases también. Un niño de unos diez años participaba con su cintita blanca y unos grititos que daban ganas de llorar al oirlo. Su “kiap” parecía el maullido de un gatito moribundo. No había modo de que se enfureciera o por lo menos de que lo simulara. En una de esas, al pasar junto a él, quise espantarlo para ver cómo reaccionaba y me le acerqué bruscamente lanzando el kiap más feroz que pude sacar: fue algo así como:

     ---- “JAA YAA JAAA AAA” …pero …oiga usted …que ni Bruce Lee, ni Tarzán juntos.

     Aquel chaparrín se recargó aterrorizado contra la pared, levantó de lado su patita bien derecha (como yo le había enseñado) y el pendejo de su profesor se clavó de hígado en su talón.

     ¿Nunca los han noqueado así? …es horrible.

martes, 11 de junio de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 38: Un compadre a toda madre



38

UN  COMPADRE  A  TODA  MADRE


     Como sólo estaba bien equipado el consultorio de Hegel, tenía que andar desarmando aparatos, cargándolos en la cajuela del coche …volviéndolos a armar una y otra y otra vez.

     En  Cienfuegos  (así se llamaba la calle donde lo abrí en Lindavista y por eso se me llegó a conocer como “El Doctor Cienfuegos”) sólo puse, en una recámara, un poste y un sillón reclinable que le pagaba a una óptica mandándole trabajo de lentes, o sea, recomendándola a los pacientes a quienes se los graduaba.

     Nada más.

     Todo lo demás lo llevaba y traía en el coche de Polanco a Lindavista y de Lindavista a Polanco.

     En el de la Calzada México Tacuba no pusimos poste ni sillón sino una silla para cada uno de nosotros y entre ambas mi caja de pruebas con su tosco armazón y llena de cristales para graduar lentes. Al frente de cada silla, en la pared, las letras y ¡ále! …a trabajar con eso así como con un aparato grande y viejo de mi socio y uno menor sencillito, pero nuevo, que yo le compré en abonos a Optica Lux. No digo los nombres de esos aparatos porque no viene al caso ¿o sí?

     Aquí también pusimos farmacia y óptica.

     Los pedidos de lentes los llevaba yo con Adam Korder, el cual fue mi compadre (el del M. G. ¿se acuerdan?) quien tenía varias ópticas en la ciudad y una fábrica de anteojos con taller en Lindavista, sobre la calzada que va para Ticomán.

     Este mi querido compadre que Dios tenga en su gloria era un fabuloso hombre de negocios y precursor de aquella idea que popularizó la Kodak de que la letra ‘K’ vendía de maravilla. Adam puso su K de Korder en todos sus negocios; no sólo fue la ‘Optica K’ sino otra a la que le puso ‘Koróptica’, otra ‘Optik’ y varias más de las que me da hueva ponerme a recordar.

     También él me hizo los trámites para traer mi primer equipo de consultorio desde Japón.

     Adam de joven estuvo enamoriscado de Conchi mi primera esposa. Alguna vez me confesó que cuando me conoció en fotografía se dijo: ¿y este pinche flaco muerto de hambre me la ganó?

     El era llenito y bajo de estatura, rubicundo como lo fue su padre alemán, pero bien ladino, como lo debe haber heredado de su madre indígena. Fue pobre y se ganaba la vida a las puertas de la preparatoria nacional, allá por las calles de San Ildefonso vendiendo lentes para sol puestos en una tabla colgada del pescuezo como esas cigarreras de los centros nocturnos (otra premonición de los lentes en las banquetas de hoy en día).

     Empezó a estudiar medicina pero se cambió a la nueva y flamante carrera de optometría en el Poli. Fue miembro de la primera generación de egresados de esa carrera y se hizo rico pero de verdad rico en el mundo de la optometría.

     Podría escribir un chingo de anécdotas de él, quien fue un típico loco exitoso, pero sería extenderme demasiado. Baste para dar una clara idea de lo que fue el padrino de Anaí (y padre de mi ahijado Vincent; estupendo y laureado oftalmólogo actualmente) lo que les voy a contar.

     Estando de viaje en París lo trataron mal en un hotel de lujo. ¿Saben cómo se vengó? …se fue al mercado más cercano, compró cien gramos del queso más apestoso que encontró; quitó las placas de los encendedores de luz de la suite que iba a desocupar, retacó el interior de queso, volvió a atornillar las placas, limpió todo escrupulosamente y se regresó a México todo gozoso calculando el tiempo en que en ese lujoso hotel iban a descubrir el origen de la peste a pies y poder volver a alquilar la suite.

     ¡Mucho cuidado si eras su compañero de viaje! no más por joder y gozar te podía meter a escondidas en tu maleta, ya hecha y lista para viajar, hojas de lechuga y algunas otras verduras  medio podridas no más para ver cómo se lo explicabas a los aduanales si te abrían la maleta. Le gustaba poner cara compungida y decirle al guarda

     ---- Es que el pobre pasa hambre.

     Me llevó al box las únicas tres veces que fui en mi vida.

     Fue una ráfaga de gramática parda, locura y sabiduría en mi vida.

     Lástima que no haya muchos como él en el mundo de la cordura y la prudencia, y los haya tenido que seguir buscando, disfrutando y queriendo en otros ámbitos de los que ya platicaré largo y tendido a su debido tiempo.

     Por último diré de Adam Korder que me dio una lección de integridad espiritual que nunca he olvidado.

     Cuando le dio el primer infarto y lo acompañaba yo en la ambulancia al hospital de La Raza del Seguro Social, le pregunté si quería que llegando, le buscara un sacerdote para confesarse.

     El había sido educado en el catolicismo pero no era practicante activo de ese credo.

     Su cara se le veía blanca y afilada. Respiraba con dificultad. No le hubiera costado ningún trabajo, como hombre de empresa brillante que era haber negociado la eternidad (por si acaso) asintiendo con la cabeza.

     Sólo me dijo por lo bajo pero con firmeza:

     ---- No Lalo.

     Con esto estaba desechando el salvoconducto hacia la salvación de su alma del modo como yo en aquel tiempo creía firmemente que era el único valedero.

     En dos ocasiones he sido testigo del hecho de meterle asuntos religiosos a huevo al moribundo. Siempre me pareció cruel, pero ahora me parece equivocado. Nadie tiene derecho de hacer que una moribunda confiese como pecado el vivir años y años con un hombre divorciado con el que procreó descendencia. Es como hacer que alguien, ante la inseguridad y temor del más allá, traicione la pureza de sus hijos. No creo que haya Dios alguno que vea esto con buenos ojos. Si yo fuera San Pedro no la dejo entrar al cielo ni a madres. No creo que un anciano que ya no toma decisiones importantes tenga que ser convencido de la necesidad de hacer una confesión cuando todavía no sabe ni debe saber que se esta muriendo, mientras una monja a la que nadie llamó se planta a su lado reza que reza en voz alta con una vela prendida en la mano.

     Hace ya mucho tiempo que aprendí que “religión” y “espiritualidad” no son lo mismo. Para mí las religiones son la burocracia de la espiritualidad. A quien le guste la burocracia, las jerarquías, los ritos y liturgias le recomiendo la religiosidad. A mí me hizo daño …pero sólo hablo por mí y de mí.

     La farmacia adentro del consultorio de la calzada México  Tacuba la teníamos con lo indispensable ¡nada de muestras médicas! Eso era de médicos rascuaches y me di la ahorrativa puntada de tener colirios “made in home”, por ejemplo: de pilocarpina para el glaucoma,  preparados por el farmacéutico de la Segunda Compañía, quien también se prestaba para otros mejunjes y me ofrecía con la sonrisa en la boca (era vaciado) prepararme polvos excitadores sexuales de cantárida cuando yo quisiera pues la yohimbina ya estaba fuera del mercado. Afortunadamente nunca recurrí a sus habilidades más que para la pilocarpina al dos y al cuatro por ciento en frasco de vidrio ámbar y tapón de gotero.

     ¡Espérame tantito! …una vez recurrí a sus servicios especiales encargándole un condón. Fue en esa ocasión cuando comprendí que eso no era para mí pues el sólo hecho de intentar ponérmelo llevó al flácido desastre toda la conquista.

     Cuando oigo hablar de interacción, globalización y todas esas madres pienso que son conceptos antiquísimos. Si los tres mosqueteros decían “uno para todos y todos para uno” ya desde hace un chingo de tiempo, no sé porqué tanta alharaca ahora con lo mismo. No todos para uno y uno para todos solamente como personas, sino como recursos …pues ¿Qué?  ¿Hay otra manera de hacerlo?

jueves, 23 de mayo de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 37: Vivir no es sólo existir... es morir en la moto


37

VIVIR  NO  ES  SÓLO  EXISTIR
…ES MORIR  EN  LA  MOTO


     El servicio de Oftalmología del Español era un servicio con dos cabezas, y eso de los servicios bicéfalos siempre ha sido disfuncional.

     Decía mi padre, con ese su sentido del humor celta excelente, que para que un negocio funcionara bien debía tener tres patrones: uno al frente, otro enfermo y el tercero de viaje.

     El médico viejo buena onda y el viejo nefasto no se llevaban bien, no se comunicaban …pero eran igual de jefes.

     Oftalmología no se fue para arriba al levantarse el gran edificio hospitalario conocido como la “Unidad Pablo Diez” (famoso benefactor, paisano leonés) porque nunca estuvo uno de ellos peleando por: médicos, equipo y todo tipo de prebendas como lo hicieron Parás para Cardiología, Álvarez Bravo para Ginecología y Obstetricia, Matute para Gastro, Pino para Ortopedia, Azcárate para Otorrino y todos, todos los jefes de servicio que pelearon, prepararon y mejoraron su territorio en aquél nuevo magnífico hospital que, cuando yo me presenté en las instalaciones viejas para hacer mi solicitud de trabajo, apenas era un dibujo de enormes líneas blancas trazadas con cal en el piso.

     Tuvieron que pasar muchos años; mucha agua pasó por debajo de ese molino para que las cosas cambiaran y para entonces yo ya no era uno de los molineros …de hecho ya no había ninguno de aquellos junto a los cuales fui moliendo el trigo con que amasé poco a poco, en aquel tiempo, el bendito pan de mi profesión esponjado con la levadura de tan noble especialidad.

     Ese oftalmólogo gallego como ya te dije, me convenció de que yo era especial y de que estaría mejor sólo dando consulta que asociado con otros (que no fueran él).

     Recordé lo que me había dicho mi padre acerca de montar consultorio en casa e hice la prueba.

     Puse  consultorio también en mi casa.

     ¡Puta madre! Se fue para arriba como la espuma.

     Puse un letrerazo, no …dos letreros …uno enorme en una barda de la avenida Montevideo, la más importante de Lindavista, todo negro pero con unas letras blancas de a metro cada una que decían “OCULISTA” (me encabronaba la palabrita, pero no cabía de buen tamaño la de: “oftalmólogo”. Además ésta no era bien conocida por el pópulo; algunos creían que ser oculista era algo como ser “dentista”’, no médico “como todos”. Se hacían …y se hacen bolas aún con eso de: “oculista”, “optometrista” y “oftalmólogo” …apenas me estoy dejando de encabronar por ello) y debajo de ella, a todo lo largo, una enorme flecha que apuntaba hacia la esquina como diciendo “ahí está”, a la vueltecita . Sobre la puerta de mi garage puse otro mucho más discreto y aún así me avergonzaba un poco pues tenía mi nombre y estaba en mi casa; como que me sentía  “oftalmólogo prostituto” (“se vende oftalmólogo”).

     Y menos mal que me decidí a todo esto de los anuncios ya que la competencia, aunque escasa, era tremenda, con programas de radio de treinta minutos cada uno dos veces al día y anuncios en la estación radiofónica que daba (¿todavía la dará?) la hora minuto a minuto. Cada minuto se escuchaba el nombre y datos de la competencia, cada minuto durante las veinticuatro horas del día, un mil cuatrocientas cuarenta y cuatro veces al día.

     Los pronósticos de mi padre se cumplieron de nuevo.

     Llegaba yo del campo militar  (era un rato delicioso manejar escuchando a “Tres Patines” durante escasa media hora sin tener que ver enfermos) …y ya había pacientes sentados a la mesa comiéndose una sopita mientras yo no estaba. No se iba ni uno.

     Poco a poco fui dejando todo por aquel consultorio.

     Fue como un regalo de Dios, pero como decimos entre padrinos y ahijados en el mundo de las adicciones: “ten cuidado con lo que le pides a Dios, porque capaz que te lo cumple”.

     En aquellos dos o tres años entre l965 y l967 mi vida diaria se desplazaba vertiginosamente desde Lindavista hasta los rumbos del aeropuerto donde trabajé como oftalmólogo en el hospital infantil de San Juan de Aragón, pasando por el Hospital Central Militar a donde iba para mantenerme actualizado y seguirme perfeccionando, el Campo Militar, el Sanatorio Español, el consultorio de Tacuba y el de Polanco. Además tenía que llevar y traer pedidos de anteojos, medicamentos, acudir a cursos (fui durante años y años a cursos y más cursos) y atender mis obligaciones como supuesto buen padre de familia e hijo cariñoso y considerado.

     Estas idas y venidas llegaron a ser más adelante tan conflictivas por las obras del Circuito Interior que se iniciaron en lo que era Cuitláhuac y Jacarandas (mis vías normales para el Español y el Militar desde Lindavista) que tuve que aprender a andar en motocicleta.

     Tenía, como ves, mi trabajo del Hospital Español, de la Segunda Compañía de Sanidad en el Campo Militar Número Uno, el consultorio de Polanco, otro que abrí con el oftalmólogo de marras del Español en la calzada México Tacuba y una chamba como oftalmólogo en el Hospital Infantil de San Juan de Aragón a la cual acudí muchos meses por no fallarle a un querido maestro, director del mismo, quien me invitó, pero a la que acabé por renunciar sin haber cobrado jamás un centavo, aunque, eso sí, teniendo que checar tarjeta con un pendejo sombrerudo que se sentía dueño del hospital desde su pinche caseta.

     Insisto mucho en esto del trabajo excesivo porque fue causa importante de mi caída en los psico estimulantes. Creía firmemente en aquel poema de Gregorio Marañón, médico, pensador, escritor y poeta madrileño, quien escribía:

                                 “Vivir no es sólo existir
                                  sino existir y crear,
                                  saber gozar y sufrir
                                  y no dormir sin soñar.
                                  Descansar …es empezar a morir”

     Igual andaba volando con mi “carabela” amarilla, motocicleta chafa de repartidor con la que aprendí (me costó doce mil pesos nuevecita, de agencia …bueno …de juguetería o de mueblería, ya no me acuerdo dónde las vendían, y tenía una calamidad de motor de dos tiempos _de esos que hacen taca taca taca taca_ con una sola bujía que se le empapaba de aceite a cada rato y cuya máquina sonaba como cuando le jalas el agua a un excusado de esos antiguos de caja alta y cadena larga) como igual volaba poco después con una BMW 900 de poca madre, negra con plateado y con dos Hondas padrísimas, una “500” guinda y años después con otra Goldwing 1100 verde pasto, con maletas, que pesaba más de 500 kilos.

     Con esta moto, muchos años después, me estrellé una noche contra un poste en pleno Paseo de la Reforma al cerrárseme y aventarme contra el camellón un taxista envidioso de mi moto y de mi chava, dando  por terminado con esto mis ardores motocicleteros. Ni ella ni yo llevábamos casco …¡Cómo! ¡¿Presumir nuestros palmitos con las caras tapadas?! Asun, mi esposa, quien era mi “chava” en aquel entonces , quedó inconsciente tirada en la banqueta y yo, chorreando sangre con la nariz y un pómulo rotos y vidrios de los anteojos amarillos (bien padrotes ¿no? dizque para manejo nocturno) clavados en la piel cabelluda (que sangra un chingo), medio encuerado pues me había quitado la camisa para limpiar la sangre de mi cara; no sabía si levantarla a ella o a la moto que derramaba gasolina con peligro de incendiarse, explotar y matarnos a los dos.

     Una pareja joven nos ayudó. Mientras él y yo levantábamos aquella moto que pesaba más que una vaca, ella reconfortaba a Asun, que ya comenzaba a decir ..¿on toy? y a mover brazos y piernas …gracias a Dios.

     Asun no murió, como supondrán, y algo después me regaló una motocicletita de unos cuantos centímetros que adornó mi buró unos años hasta que se me quitó por completo la afición por las motos …pero no el amor por ellas.

     Pocas cosas hay que me hagan detener o voltear cuando camino por la calle como no sea una buena motocicleta subida en la banqueta. Las veo y las acaricio. Me encantan.

     Una motocicleta grande y hermosa parada junto a un portón vetusto de madera en Coyoacán, con el fondo de una barda de piedra coronada de bugambilia, me parece que podría ser un poster perfecto para anunciar la entrada al paraíso.
    
     Eran tantas las prisas que a veces me sorprendía jalando el agua del excusado al  sentarme a cagar antes de haber comenzado.

     Pensar en que algún día llegaría a ser un ciudadano que contara con tiempo de llevar su ropa a la tintorería (no tenía que hacerlo, pero me parecía una bonita idea) me parecía una quimera.