"El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada
sino la vida, la brillante e intensa vida."

Alain - Arias Misson

jueves, 4 de junio de 2015

Alma de Cadete (Parte 12)

Algo espléndido de aquel tercer año fue el inicio de las guardias hospitalarias. Cada veinticuatro horas giraba uno de nosotros por el servicio de ‘Admisión y Emergencias’ por el cual pasaba cuanto paciente ingresaba al Hospital, ya fuera proveniente de la consulta externa como de lejanos azares de vida y de muerte.

      Ahí, dormitando en la litera de arriba del cuartito en donde nos alojábamos (el médico de guardia en un camastro sólo para él, un alumno de quinto en la litera de abajo y uno de tercero en la de arriba); a veces estudiando, a veces durmiendo pero siempre vestidos; fui testigo y protagonista de sucesos conmovedores que forjaron mi carácter ante lo crítico de la situación suscitada por muchos de ellos.

     Hace unos años un ortopedista amigo me mostró el área de ingresos en el hospital de traumatología de Magdalena de las Salinas.

     Es muy impresionante pues carece de todo aspecto humano. Me pareció, con sus grandes espacios fáciles de limpiar de sangre a chorro de manguera; aparatos y cables insertados en las paredes, cortinas de hule divisorias y el conocimiento de que ahí el aparato tal vez más importante sea la calculadora de mano para estar calculando pesos, miligramos y unidades de substancias para meterle al accidentado por donde se deba y se pueda; Me pareció, digo, un sitio de lavado de autos más que un lugar de lucha por salvar vidas humanas.

     Lo conocí vacío pero el olor me decía que las jergas, el agua y la sangre acababan de circular copiosamente.

     Ese día recordé vivamente aquellas ocho grandes bolsas de plástico que fueron llenadas de pedacería humana recién lavada con manguera en el piso del anfiteatro de Hospital Militar después de una severa explosión en unas prácticas de campaña. Cada bolsa era supuestamente uno de los ocho soldados muertos en el suceso y que debería entregársele a la familia de cada quien. Pero lo más macabro era un subteniente de la unidad; un jovencito delgado, alto y rubio que descansaba boca arriba perfectamente muerto y perfectamente uniformado sobre una plancha. Fue alcanzado nada más por una esquirla de menos de un centímetro pero exactamente sobre la bolsa izquierda de su camisola de campaña. Yo ya era médico. México no estaba en guerra pero ahí había nueve madres a las que la exclamación de la mía “¡me van a matar al hijo!” se les hizo realidad.

     Hubo más heridos aquel funesto mediodía. Se suspendieron las salidas. Nos vendamos las piernas y nos pasamos dos días seguidos operando día y noche en todos los quirófanos… pero esto sucedió algunos años después; cuando yo ya era médico así que será tema de mis cuatro años de vida en el Hospital Central Militar si es que Dios me indica que debo escribir más de todo este asunto.

     No se mueve la hoja del árbol ni se escribe la página de un libro si no es por Su  voluntad.

     Este servicio de admisión del hospital era como el segundo espaldarazo. El primero se me dio con los cadáveres. Este con los que no lo eran aunque algunos sí llegaron muertos, pero no era la regla.

     Hablaré de alguno como ejemplo:

     Una noche me despertó el rascar de botas sobre el suelo en el tejemaneje de bajar a alguien de un vehículo y acercarlo a la puerta del servicio. Aquel ruido de motor ronroneando voces bajas presurosas y botas serviciales me era ya casi familiar cuando una voz masculina  delgada y llorosa empezó a plañir: “borreguito, borrego, borreguito, no te mueras” “no te mueras borreguito”… y era tan doloroso escuchar esto que salté de la litera y al salir al aire estaba un soldadito llorando sobre el cadáver del amigo que le acababan de matar en un pinche antro donde no se debían haber metido pues no eran sus territorios de briaga y putería.

     El muerto; muerto estaba y el vivo se quedó sentadito, sollozando en una silla del pasillo mientras se hacían los trámites del ministerio público… cuando lo voy viendo ponerse azul-blanco. Al revisarlo sólo tenía un orificio puntiforme en un costado de la camisola, sin sangre ni nada sospechosos y en la piel, lo mismo… pero en la fluoroscopía que le hicimos hechos la madre ya tenía casi medio pulmón colapsado. Lo habían alcanzado con un filero de esos hechos con un pedazo grande de alambrón afilado y cinta adhesiva a modo de empuñadura que se guardaban los soldados de mi tiempo escondidos en el muslo. Este piquete le estaba llenando de aire la cavidad pleural y lo estaba llevando a la muerte llorándole al amigo… y ni cuenta se había dado.

     En aquellos años la tropa era inculta e ignorante. Mariguana y agresiva, celosa de sus territorios de desmadre.

     Aunque mi padre me contaba cosas increíbles de cuando llegó a México en los años veintes en el sentido de que los comedores y cocinas de las unidades de tropa eran las banquetas de la calle donde sus mujeres los alimentaban; y les daba crédito a los generales Amaro y Limón de haber levantado a un estatus mínimo de dignidad a nuestro ejército, todavía en los años sesentas; cuarenta años después dejaban mucho que desear.

     Lo ya platicado del libro de Julio Torri ‘de fusilamientos’ es una realidad. Pocas cosas más desagradables y tristes hay que un grupo de militares hechos una mierda física y moral.

     En una ocasión presencié la recogida de propiedades en los bolsillos de uno de aquellos soldados en el ministerio público del Hospital:

     ---- ¡Un paliacate¡ (pañolón rojo multi usos acartonado de mocos)

     ---- ¡Un escarmenador! (peine de dientes muy apretados para peinarse arrastrando las liendres de piojos y hasta de ladillas).

     ---- ¡Una quemadora! (pedazo semi quemado de hueso de pata de pollo usado como boquilla para consumir sin desperdicio el churrete de mariguana)

     ….Y nada más

     Mucho han cambiado las cosas pero yo aprendí a amar a esa gente hasta la humedad en los ojos y el dolor en la garganta… no así a los oficiales ya con varias casas; exigentes de atención médica a múltiples niños encuerados y batidos en cagada o a jefes que eran un pedazo de lo mismo pero con más ínfulas y generales que para qué les digo, con sus salas de muebles cubiertos de plástico, cantina incluida (¡a huevo!); exigentes de atención a los familiares de sus amantes… pero ¡ya!, en campañola y con chofer.

     Este tipo de militares que me resisto a llamar jefes… como aquel de altísimo rango de triste memoria que ofendía e insultaba soezmente a los médico militares jóvenes y quien, porque uno de nosotros siendo ya teniente coronel y diputado en Puebla se opuso con energía a ser pendejeado en público, lo castigó a trasladarse de inmediato a un pueblo de la costa de Guerrero donde las posibilidades de salir vivo eran mínimas.

     Desde aquí te felicito Héctor Fregoso excelente amigo, por haber sido valiente para defender tu honor e inteligente para salir vivo de ahí. Competente y carismático médico que supiste hacer de una plaza ‘de castigo’ como era Puebla por sus pocas y tan competidas oportunidades de progresar, una magnífica plaza tanto para ti como director del hospital militar de esa ciudad como para Toño Ricardez y Héctor Ibancovichi, ambos directores también de ese hospital después de ti.

     Nuestra generación ha tenido la gloria histórica de dar la friolera de catorce directores de hospitales militares y otros muchos puestos más de gran envergadura tanto en el medio castrense como en el civil.

     Y como dicen los buenos toreros…. “ahí queda eso”.

     Tu caso Héctor, me recuerda al de Urías, el marido de Betsabé a quien el rey David (otro buen cabrón) mandó al frente a morir para poder cogerse “legalmente” a la esposa.

     Parece mentira que en más de tres mil años la humanidad siga soportando y dándoles crédito a esta clase de seres que presumiendo de altos ideales, designios y respetos desprestigian unos a su estirpe por traer tanta calentura entre los huevos y otros a la patria y al ejército por traer sólo egolatría y crueldad sobre los hombros.

     No saben manejar el mando. Les quedó grande. Nunca tuvieron alma de cadete.

     El Ejército Mexicano es una institución noble, hermosa, de altísimos ideales. Es de lamentar que a través de su historia, de la que soy asiduo e interesado lector se vengan presentando tan nefastos elementos en todas sus áreas. También entre nosotros los médicos militares hay quienes me avergüenzan y también entre las filas ajenas a las de sanidad militar hay elementos cuya alma de cadete ha sido sublime. Pongo por ejemplo el ya mencionado y, para mí, paladín indiscutible de la patria; ejemplo para todo mexicano: el General Miguel Miramón. Prototipo ideal del alma de cadete ¿saben que su apodo era “el Macabeo”?

     Al escribir esto llevo cuarenta años fuera del ejército. Las cosas han cambiado favorablemente pero me temo que todavía queda mucho por hacer.

     Muchos de esos malos oficiales, jefes y generales fueron cadetes pero… ¿tuvieron alguna vez alma de cadete?

     Pido una disculpa a todos aquellos que no son de la calaña descrita; que sé que los hubo y los hay… y muchos… y admirables. Desgraciadamente no me tocó en suerte conocerlos ni tratarlos durante los pocos años que soporté la vida bajo su mando o simplemente en su compañía en unidades de tropa.

     Ya mejor no hablaré más de los casos terribles que llegaban a esa guardia de admisión y emergencia.

     Cualquiera puede creerse y sentirse escritor aterrorizando.

     Tan sólo quiero, para cerrar este capítulo, contar algo significativo que me viene a la memoria y me permite dar merecido reconocimiento a un teniente coronel médico militar joven, cirujano exitoso y gran maestro quien por tener en verdad alma de cadete murió de un modo parecido al que le iba a tocar al amigo del borreguito pero de un modo digno de ensalzarse.

      Fue el Dr. Kruger. Excelente ortopedista quien yendo de paseo en auto con su familia fue protagonista en un alcanzamiento automovilístico múltiple.

      Encorvado por dolor y falta de aire se puso a prestar auxilio a todo mundo hasta que cayó muerto. Una costilla fracturada le había perforado un pulmón y el aire del mismo le fue llenando la cavidad torácica hasta que el mediastino, con ese buen corazón adentro, sufrió una desviación brusca y dejó de palpitar.


     Ese fue uno de mis grandes maestros con quien tuve el honor de operar y aprender verdadera cirugía ortopédica corrigiendo secuelas de poliomielitis.  Alto y serio, parecido al Marshall Dillon… aquél de Dodge City en La Ley del Revólver que con tanto gusto veía mi padre en la televisión sentado en su sillón con alguno de los hijos sentado en el suelo y acurrucado entre sus rodillas.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Alma de Cadete (Parte 11)


     Fue en este magnífico 1957 cuando, ya para finalizar nuestro tercer año sacamos la Revista de La Escuela Médico Militar pero antes de meterme en este bello capítulo déjenme explicar más o menos lo que un cadete de tercer año era para los demás… ó lo que era para mi.

     Un cadete de tercer año, a la mitad de la carrera era aquel que podía atreverse a lo sublime y tal vez no lo echaran de la Escuela.

     Daré como ejemplo lo que hizo la generación que estaba en tercero cuando yo entré y lo que hizo la nuestra cuando estaba ya en ese mismo año.

     Aquella generación 1953 – 1958, la de Camou, Torres Eyras, Valencia, Castro Orvañanos y tantos otros que les valdrá madre leer a la mayoría de quienes me lean pero que a mi me emociona el simple hecho de nombrarlos. Hizo algo sublime una mañana a la hora del desayuno. Juntó todos los hot cakes de una larga mesa y con aquella inmunda y pegajosa masa levantaron la estatua de un inmenso pene asentado sobre dos grandes testículos apuntando, cirncuncidado y ostentando un rotundo glande, bien hacia arriba.

     Terminada su obra se mantuvieron sentados con los brazos cruzados negándose a desayunar.

     El director de la Escuela llegó hecho la chingada en su flamante Buick; en pijama, bata y zapatillas, así como el intendente. 

     Nunca hubo represalias.

     Nuestra gloriosa generación 1955 – 1960 sacó la Revista de la Escuela Médico Militar (también consiguió que se formara un equipo de futbol, con uniformes, zapatos y porterías en el campo pero eso fue algo antes) (estos asuntos y hechos como el de contar con un chingo de veracruzanos y ser todos  nosotros de fuerte personalidad hizo de nuestra generación un grupo respetado y hasta temido tanto por las generaciones posteriores como por las anteriores a la nuestra) (nuestro muy querido compañero Jorge Islas ha tenido a bien investigar nuestra trayectoria durante los cincuenta años de recibidos que estamos a punto de cumplir y nos ha notificado lo históricos que somos no solamente por el altísimo porcentaje de nosotros que seguimos vivos sino por la enorme cantidad de puestos importantes tanto militares como en el medio civil que hemos desempeñado con eficiencia y calidad). Esta revista, con el lema de “Scientia el Veritas” escrito en la portada por la novia de uno de nosotros sobre el escudo de la patria; bellamente presentada y de gran calidad, fue una verdadera sensación pero a la tercera emisión  nuestras autoridades la retiraron de la circulación.

La cosa estuvo así: Aparte de magníficos artículos que nos proporcionaron tanto maestros como condiscípulos, se incluyó uno humorístico elaborado en conjunto por varios de los que vivíamos en cuartos aledaños. De pié, alrededor de uno de nosotros que escribía sobre un buró y sentado en el camastro (no había mesa ni sillas en los cuartos) íbamos todos exponiendo ideas para ir conformando la “Historia de Sotelochtlán”. Era este artículo una reseña humorística de acontecimientos escolares que, como sucedían en la lomas de Sotelo, adonde estaba ubicada nuestra Escuela, se nos había ocurrido la peregrina pero bonita idea de hacer un parangón con Tenochtitlán.

     Los nombres ó apodos de los protagonistas eran modificados para que sonaran muy en lengua náhuatl pero fácilmente identificables y así por ejemplo el de aquel coronel del cura y la perrita que se apretaba el labio superior con un índice tembloroso por lo cual su apodo en curso era ‘el tembeleque’ pasó a llamarse “tembecéhuatl” y aquél cadete ‘negro, pendejo y poca madre’ se convirtió en “nepepocama”. Aquel capitán intendente encargado de la ropería y que era totalmente obtuso de criterio por lo cual le apodábamos ‘el obtuso’ pasó a ser “obtusipec”. Muchos de estos nombres, como el de nepepocama cuando salieron de la boca de uno de nosotros por primera vez nos mataba de júbilo. Muchos más fueron apareciendo y consagrándose a tal grado que hoy en día siguen siendo motivo de plática y alegría entre nosotros. Los cadetes de otras escuelas tomaban sus nombres tribales de algo característico como por ejemplo, los de Transmisiones eran los “transmisíhuatls”, los de la Escuela Naval eran los “navaltecas” ‘tribu de pescadores provenientes del golfo’ y así sucesivamente, con grandísimo éxito entre todos los alumnos cada vez que salía un número de la revista a la luz.… hasta que cometimos el error y sobrevino el desastre.

     Resulta que al referirnos al general Leobardo Ruiz papá de nuestro querido compañero del mismo nombre y quien ocupaba el cargo de director de educación militar; le pusimos “ruizilopochtli” ‘el más viejo de nuestros dioses’… y los jefes creyeron que nos referíamos a Don Adolfo Ruiz Cortines presidente en ese momento de nuestra querida República Mexicana y de quien todos los chistes en circulación versaban sobre su avanzada edad.

     Putisisisísima madre: Sergio Mendoza y yo, directores de la revista fuimos guardados en la guardia en prevención en espera del consejo de honor y expulsión de la Escuela y por poco hasta el compañero Reinaldo López Bosch, de muy grato recuerdo, y un año anterior a nosotros sigue el mismo camino por ser ese año el presidente de la sociedad de alumnos. Como nuestra revista se ostentaba como órgano oficial de tal sociedad sin que en realidad ninguno de los integrantes de la misma tuviera vela en el entierro, ya nos los andábamos llevando entre las patas. Lo que nos salvó fue que, aunque la revista se inició estando Mendoza y yo en tercer año, la debacle vino a mediados de cuarto y ya para entonces el asunto era muy diferente. Ya la patria no nos soltaría tan fácilmente. Ya le habíamos costado más de tres años de inversión y éramos  una promesa a la que no estaba dispuesta a renunciar. Los jefes se conformaron con el susto que nos llevamos, prohibieron en principio el artículo pero recogieron todo el tercer número cuando estaba a punto de ser repartido y de aquella revista de tan grato recuerdo sólo quedan unos poquísimos ejemplares. Tres de ellos en mi poder y algunos más en el de Mendoza, como si fueran un tesoro (que lo son).

     Sergio Mendoza: a quien esto lo marcó para siempre y siguió al frente de la Revista de Sanidad Militar mientras estuvo en el servicio activo. Prestigiado general y médico cirujano gastroenterólogo quien todavía, con más de setenta años a cuestas sigue dando clases relacionadas con el modo de publicar correctamente en la Escuela de Graduados.

     Quien siempre ha sido el factor aglutinador de todos nosotros requiriendo con insistencia que desarrollemos nuestra capacidad creadora, de preferencia literaria.


     Sergio Mendoza Hernández: quiero decirte que en gran parte gracias a ti, a tu recuerdo, a tu ejemplo y a tu cariñoso requerimiento creativo, escribo pensando en ti.

lunes, 18 de mayo de 2015

Alma de cadete (parte 10)

Las cirugías se iniciaron en ese tercer año. La de cadáver con Alger (el que me pasó con un seis glorioso en el final de anatomía) y la de perros con Napoleón Ramirez Chacón (director médico de un hospital importante y privado). Ambos fuertes en política, fuertes en su profesión y fuertes como maestros.

     Te platicaré de ellos y de sus materias.

     Alger de León Moreno por aquellos años iniciaba su incursión en política al lado de la esposa del Lic. López Mateos, presidente de la república, como su mano derecha en aquello del Instituto de Protección a la Infancia y los desayunos escolares. Se volvió un hombre importante en política y ocupó puestos altos pero en aquel año de 1957 aún atendía a sus clases de cirugía en cadáver.

     No era mucho lo que se podía aprender en aquellos pobres muertitos tan acartonados como no fuera como amputarles una pierna. Eso sí que lo aprendí y desgraciadamente lo tuve que aplicar en la práctica varias veces, años después. Más que piernas lo que se amputaba con frecuencia en el Hospital eran dedos y porciones de pié por gangrena diabética. Esto lo supe hacer bien gracias a las clases de Alger pero nunca lo presumí ya que una vez que un oftalmólogo joven presumía ante los familiares de un paciente lo bien que le había quedado una enucleación, uno de ellos le dijo:

     ---- Sí, sí, mi mayor. Ya sabemos que usted es muy bueno para quitar ojos.

     Y hablando de oftalmólogos, recuerdo con gran simpatía a uno de los más finos y prestigiados oftalmólogos médicos militares mexicanos de los últimos años, Porfirio Oliver quien siendo interno de segundo año le tocó en suerte ayudarme en una amputación de un pié cuando yo era residente de tercer año (subresidente se nos decía en la jerga hospitalaria). Este eminentísimo oftalmólogo en aquel tiempo era un jovencito no muy fuerte que las pasó negras para mantenerme la pierna del paciente elevada durante el largo rato que tardé en hacer la amputación. Incluso recuerdo que en su fatiga y desesperación se terció una media sábana quirúrgica a modo de bandolera y en esa hamaca sostuvo el pié cuando aún estaba unido a la pierna y yo aplicaba anestesia (lo sabía hacer con anestesia regional) e iba haciendo todo el proceso quirúrgico de partes blandas antes de pasar a los cortes óseos.

     Quién iba a creer en aquel tiempo que este joven sufriente iba a ser el fundador y dueño de una clínica oftalmológica privada muy importante y a quien siempre admiré por su actualización perfecta a pesar de haberse retirado y salido de los grandes centros hospitalarios muy tempranamente. (Claro que Porfirio era de los que yendo manejando iba escuchando en sus casetes asuntos médicos en vez de música guapachosa y grupera o pasosdobles toreros como lo hacíamos los demás mortales).

     Pues Alger, ese buen cirujano, buen militar y buen político… hasta donde quiero saber; me ofreció, siendo yo residente de cuarto año la ayudantía de su cátedra de cirugía en cadáver en la Médico Militar. Yo estaba ya plenamente orientado hacia la oftalmología y a ella dedicaba todo mi tiempo libre por lo que decliné cortesmente la invitación y, a su pregunta de quién era recomendable para ello según mi criterio, le recomendé a Jaime Cohen quien fue el compañero con mejor desempeño a nivel de calificaciones durante toda la carrera. Hasta la fecha no sé en manos de quién quedó esa ayudantía y esa cátedra.

     La cirugía en animales era mucho pero mucho más interesante y amena. La llevamos en perros aunque yo, pasados los años y ya como oftalmólogo la llevé a cabo en plan experimental con conejos y monos.

     Pobres animalitos que tal vez salgan más a la luz si les voy presentando las cartas que nos cruzamos actualmente Ramiro García Reyes y yo, en donde llenos de sentimientos culposos tocamos ampliamente el tema ya que él en Estados Unidos, haciendo práctica de transplantes lo vivió intensamente en puercos y otros animales. El asunto es en verdad horroroso.

     Para empezar, aprendí a lavarme como cirujano. Sí, sí, como en las películas, con mucho jabón y cepillo, siempre de las uñas hacia el codo la primera cepillada, de las uñas hasta medio antebrazo la segunda y desde la uñas hasta la muñeca la tercera…. Para, a continuación, el momento glorioso de, con las manos en alto, ir hacia los guantes y toda esa liturgia solemne, maravillosa de ponerme la bata estéril sobre el pijama y las botas de cirujano.

     ¡No y no!, estoy exagerando. En aquella clase sólo nos lavábamos como ya dije pero hasta ahí. No había nada más, ni guantes, ni batas, ni circulante, ni instrumentista ni anestesista. Solamente nosotros en grupos de cuatro en cuatro donde en cada operación se iban rolando los puestos de: cirujano, ayudante, instrumentista y anestesista, aunque estos dos últimos lo eran más bien de nombre pues interactuaban activamente en el desmadre… que no lo era tanto… ya verás.

     El cuarto de perros era eso: un cuartucho con perros callejeros encerrados. Nada que ver con el hermoso bioterio con que cuenta hoy en día nuestra Escuela. Se destinaba un perro para cada cuatro alumnos y a ojo de buen cubero se le calculaba el peso. Según ese cálculo se le aplicaba en la panza (del lado izquierdo y abajo para evitar en lo más posible perforaciones viscerales) una dilución de nembutal con agua de la llave: una cápsula sucia, sobada y amarilla de cien miligramos por cada tres kilos de peso. En pocos minutos el animalito empezaba a cursar con un mega pedo y acababa cayendo dormido a nuestros pies. El “anestesista” le afeitaba la panza y el pecho, a veces ayudado por un soldado que circulaba durante la clase con una jeringa en ristre ya preparada para reforzar la dosis de nembutal en caso necesario. Esta nueva aplicación se hacía cogiendo con unas pinzas (sí, coño, por supuesto, con una horrible y agresiva pinza de campo, de esas de puntas afiladas) la lengua del animal y levantándola, inyectaba en alguno de los gruesos vasos sanguíneos que aparecían debajo de ella. El resultado era inmediato y la cirugía podía seguir. En realidad este soldado era nuestro circulante y anestesista pero no le concedíamos semejantes nombramientos, que reservábamos para nosotros. De él solamente supe que era boxeador a pesar de ser muy flaquito y que concursaba en el torneo de los guantes de oro… suficiente conocencia del incróspido pero útilísimo interfecto.

     ¡Cuan insensible y pendejo se es de joven aún siendo cadete! ¡cuánto y cuán largo es el camino para que un alma juvenil se acrisole en oro! ...y eso sólo si lleva el mineral adecuado ya desde antes ó, si se quiere otra metáfora, el germen para fermentar y convertirse en pan de vida.

     Pero esta insensibilidad no era tanta ni tan absoluta. Éramos presa de la emoción atenta y nos agachábamos tanto sobre el campo operatorio que el maestro circulaba por atrás de nosotros con una regla delgada en la mano y con ella nos daba suaves golpes en el cogote cuando nos veía demasiado agachados. Este recuerdo con mucha frecuencia lo comento con los papás de los niños que se acercan mucho para estudiar y no necesitan lentes. Ningún argumento he tenido mejor que éste para convencer a los papás de que dejen a su esperpento libre de gafas estrafalarias.

     Tuve un compañero unos pocos años posterior a mí, de apellido Newton quien me decía que toda su vida había odiado la memoria de su tío. Afamado oftalmólogo de aquellos antiquísimos que todavía operaban “anginas” (la especialidad era: ojos, oídos, nariz y garganta) por haberle jodido la infancia obligándolo a usar lentes por una miopía de un cuarto de dioptría. Muchos, pero muchos años después este compañero que también se hizo oftalmólogo; delgadito, de lentes y pelo ensortijado se suicidó. Vaya usted a saber las causas del suicidio pero creo que de no haber usado lentes de niño su desarrollo psicológico hubiera sido otro y sus herramientas para enfrentar la vida algo más sólidas.

     El examen final de cirugía de perros me sobrecogió pero también me satisfizo grandemente. Consistió en poner, ya dormidos y con todo un costado rasurado a varios de ellos, en el campo de futbol. El maestro pasó por entre ellos disparándoles con una pistola y cada grupo de cuatro cadetes cargó con su perro herido subiendo a la carrera la escalera de los cuatro pisos a que se encontraba el quirófano para iniciar la operación. Desde luego no todo el grupo de cuatro venía corriendo, ya dos de ellos estaban lavados y listos para empezar mientras los otros dos se preparaban.

     No murió ninguno de  los  perros.

     Éramos alumnos de tercer año de medicina y estábamos salvando vidas después de solo seis meses de adiestramiento quirúrgico.

     Hubo una perrita que sobrevivió a siete cirugías durante una larga temporada alojada en ese infierno canino, creo recordarlas: una resección parcial de tiroides (cirugía de cuello ¡cómo no!) una gastrectomía subtotal (¡fuera más de medio estómago!), una resección intestinal (¡pa’fuera un buen pedazo de intestino!), una  anastomosis intestinal latero – lateral (¡a juntar los intestinos por sus costados!) , una esplenectomía, (¡fuera con el bazo!) una nefrectomía (¡sale un riñón!) y una histerectomía (¡se quedó sin matriz!). ¿Qué poca madre verdad? Este maravilloso animalito bastardo se convirtió en la mascota de la Escuela y se aprendió los diferentes toques de corneta los cuales aullaba sentada enfrente de la banda de guerra o acompañando en solitario al corneta de órdenes. Esto duró hasta que un jefe (el mismo de la bronca contra los que metieron al sacerdote) ordenó retirarla del panorama.

     Bueno es recordar que no contábamos con sueros intravenosos ni analgésicos ni antibióticos y que los vendajes eran contraproducentes pues se ponían llenos de mierda y el perro se los arrancaba. La lengua y la saliva caninas fueron todo el manejo postoperatorio de esos admirables animales.


     Cuando viví esta experiencia no sólo empecé a formarme como cirujano sino que empecé a intuir que los medicamentos no son tan importantes y que un cuerpo, virgen de ellos sale adelante con más facilidad que otros saturados de los mismos. Incluso hoy en día mi socio dice medio en serio medio en broma que yo curo más quitando que prescribiendo medicinas.