"El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada
sino la vida, la brillante e intensa vida."

Alain - Arias Misson

domingo, 20 de septiembre de 2015

Alma de Cadete (Parte 22)

A partir del sexto año; conociendo la soledad del mando y habiendo aprendido a cantarle, comencé a interactuar con la vida de los demás de diferentes y nuevas maneras que ocuparán el desarrollo de esta parte final del libro.

     Empezaré por comentar que lo primero que me gustó de mi nuevo status fue poder ponerme kepí. Siempre había usado gorra cuartelera  pues con kepí sin insignias parece uno policía. Las tres barras doradas verticales enamoran a cualquiera y a los capitanes se les canta en el cine, en las canciones, en las historietas y si no me creen basta recordar nombres como: Alatriste, Nemo, Ahab, Garfio, Von Trapp, etc.… y no se trata de juventud pues no se les canta a los subtenientes. Ni de autoridad ya que no recuerdo coroneles enganchados en el amor popular, aunque sí tal vez en el respeto peliculesco. Es ese grado bello y sonoro: “capitán” al que más se le canta y del que se enamoran las mujeres (y muchos hombres también).

     Me hubiera gustado ser capitán muchos años más y así tal vez me hubiera costado más trabajo desprenderme del ejército… pero este romance con el grado y sus circunstancias duraba solamente un año.

     Antes de continuar quiero recordar el chiste de aquel baile de la Escuela Médico Militar en que un joven capitán pasante bailaba con la chica más bonita del evento pudriendo de envidia a un viejo cachondo, general y médico rabo verde que planeaba su conquista.

     El general mandó decir al capitán que se presentara de inmediato en tal o cual lugar y rápidamente invitó a bailar a la belleza, quien aceptó de mala gana, por lo que, ya bailando y tratando de cautivarla, le preguntó si no se había dado cuenta de su grado.

     Como la chica dijo no saber de grados él comenzó a explicarle, engolando la voz, el significado del águila que figuraba en sus hombros y el alto cargo que él ocupaba en el ejército a lo cual ella respondió:

     ----- ¡Ah! ¡es un águila! Y yo que creí que era un guajolote y usted el cocinero de la Escuela.

     Teníamos varios uniformes a saber, el de cuartel: beige y con gorra cuartelera. Los dos de salida: con kepí, de color beige uno y verde olivo el otro. De campaña, para ser usado con botas y cuartelera o casco: de color verde militar y el de gala: negro con vivos amarillos y kepí.

     Algunos nos mandamos hacer saco blanco de media gala para usar con camisa blanca y corbata negra… elegantísimo; pero ese era opcional. Se usaba mucho para casarse por la iglesia... como que se violaba sólo a medias el reglamento; como fue mi caso.

     Aunque el reglamento también prohibía combinar el uniforme con prendas de civil a mi me encantaba una chamarra tipo leñador canadiense gruesa, color verde pasto y negro, que me ponía sobre el uniforme de campaña para ir a clase de equitación por la mañana temprano una vez por semana. Con este atuendo iba a visitar, sintiéndome soñado, después de la clase, a la chica en turno ya que la novia y yo habíamos convenido en la no prohibición de este tipo de conocencias mientras estuvimos separados por más de un año… y que sólo si nos seguíamos  queriendo, habíamos romantizado, nos casaríamos.

     Una de ellas estuvo a punto de hacerme cambiar de opción y la foto de cada una de ellas en la cartera me ansiaba. Unos días ponía la de una por delante, otros días la de la otra y la ruptura con la que no me casé fue un suceso tan doloroso; con tanto llanto, asombro, preguntas y enojo que no quiero recordarlo lentamente ni escribirlo apresuradamente

     Todavía se conserva en mi casa y a la vista la mejor foto de mi vida ¿de que creen que estoy uniformado?... pues claro… de capitán.

     Con frecuencia les he recomendado a mis ahijados, propensos a recaer en el alcoholismo o la drogadicción, y que disculpan la última recaída por el mal trato de la novia o de la esposa, que no se anden con disculpas y promesas tempranas. Que una vez iniciada la abstinencia, el mejor modo de viajar por la sobriedad con el respeto y amor de su pareja es recuperando su misterio. Ese misterio que se tiene antes de que ella caiga en la cuenta de que somos simples humanos (por no decir pobres pendejos).

     Cuando les hablo así; muchas veces pienso en esa foto de capitán primero.

     Las mujeres al enamorarse desean vivir la vida de ese hombre con todo lo que significa en cuanto a seguridad y afecto pero mucho… mucho en verdad, en cuanto a ser dueñas de ese misterio. Del insondable misterio que para ellas parece tener la vida del hombre que lo sabe ser.

     Aquellas clases de equitación en sexto año eran el deleite para unos y el tormento para otros. Uno de los atormentados fue el muy querido Ernesto Hernández Moreno quien quedó conmocionado seriamente por una caída del caballo pero que afortunadamente no le dejó daño ya que siguió siendo estudiante brillante y médico excelente toda la vida. En los últimos años se ha dejado una enorme barba hasta medio pecho pero eso es más bien cosa de la edad que de aquella caída en l960. Ernesto dice, con ese excelente sentido del humor que siempre lo caracterizó, haberse sentido bien con su aspecto de guru oji azul… hasta que le empezaron a dar dinero por la calle. Ahora luce una bella barba blanca recortada al igual que yo y que al menos en mi caso siempre soñé con tener apenas saliera del instituto armado.

     Desde aquí te saludo con gran cariño querido compañero por tantos años alejado y recientemente recuperado gracias a Dios.

     Por culpa de haber sido siempre un jinete mediocre perdí el primer lugar en sexto año. Sólo alcancé un ocho y esos puntos perdidos en una materia supuestamente fácil de superar con alta puntuación me tiraron al tercer lugar. Como dice Asun, mi querida esposa… así es el abarrote. Frase que dice todo sin decir nada y que es un don que ella me trata de inculcar desde hace veintiocho años en que andamos juntos por el mundo. Ella me ha hecho ver que quien lo dice todo no dice nada y que quien domina el arte del no decir, lo dice todo.

     El escribir este libro parece que contradice esta teoría pero es que el no decir no significa quedarse callado sino saber decir.

     Es algo así como el ajedrez que hizo a Petrosian campeón del mundo. Ese ajedrez fino y elocuente de saber “jugar sin jugar” hasta el momento oportuno… y si no  se cree que yo lo practico obsérvese los muchos años que me he esperado para publicar este libro tratando de no caer en algún bodrio anecdótico sentimental sin mensaje alguno como es frecuente, aunque conmovedor, encontrar en numerosos casos de intento literario escolar y para escolar.

     Ha habido obras literarias buenas y hermosas de médicos militares como “Pininos” de Don Guadalupe Martin del Campo y “Las Tribulaciones del Hombre” de Don Ramón Martin del Campo. Si estos dos hermanos hubieran sido una sola persona hubieran configurado el tipo de escritor ideal para mi gusto a saber: el ricamente costumbrista y anecdótico con el pensador profundo y sabio.

     El caballo fue y siguió siendo causa de éxito para compañeros como Miguel Olvera quien lo dominó a la perfección en aquel oscuro picadero las madrugadas en el Colegio Militar de Popotla al igual que en la primera unidad de tropa a la que fue comisionado después de su brillante residencia hospitalaria. Unidad de caballería en la que cosechó triunfos a caballo por las que le otorgaron prebendas y ganó prestigio.

     También hubo el caso de  un compañero de dos generaciones anteriores a la mía quien fue trasladado desde la unidad de caballería que le fue asignada hasta la sala de psiquiatría del Hospital Central Militar en brote psicótico agudo seguido de profunda catatonia después de sufrir una época de servicio con un jefe fuertemente caballista que hacía montar diariamente a todo mundo poniendo castigos monetarios desde la caída de la gorra hasta la caída del caballo. Cantidad que era usada para celebraciones y libación de fin de semana por las que aquel compañero sentía gran rechazo.

     Repito:… “así es el abarrote”. Le tocó el lugar equivocado en el momento equivocado sin haber habido ningún culpable… y vuelvo a repetir… “tu carácter será tu dote o será tu azote”.


     Querido Miguel Olvera Escorcia; medico y cirujanazo no del tipo charro glamoroso como lo fue Don Rafael Moreno Valle; poseedor de tantos puestos a través  de la charrería sino serio y campirano como tú que ahora recorres ya no a caballo sino en jeep tus extensas propiedades tamaulipecas: recibe desde aquí mi saludo y gran cariño (que no te mereces pues primero le saco un pedo a la diana cazadora que un correo tuyo a mi computadora).

jueves, 3 de septiembre de 2015

Alma de Cadete (Parte 21)


   
     No reconozco otro signo de superioridad que la bondad.

     Soportar… soporto muchos pero sólo este reconozco.

     También reconozco que la bondad es asunto de elección.

     Creo que para ser bueno hay que haber conocido lo malo. No me gustan los santos como el de Asís o el de Porres. Me gustan el de Loyola, el de Dios el de Hipona y de un modo especial los santos militares... que son tantos.

     Ni crean que les voy a platicar de ellos. Para eso están los libros e Internet… pónganse a estudiar. Las vidas de los santos son un manantial de sabiduría inagotable pues si lo sabio es conocimiento sápido, que tiene sabor, el conocimiento de estas vidas está plagado de ello.

     Desde muy niño me encontré en casa una pequeña biografía… que tendría yo ¿siete años? ¿segundo de primaria?… todavía me gustaba leer sentado en el suelo y ya traía entre manos a San Pascual Bailón ¡háganme el chingado favor! ¿cómo llegó eso a casa?... nunca lo supe pero me lo chuté por lo graciosos del nombre y me gustó. Me metió al mundo de las biografías de un modo indiscriminado. Después de Pascual estaba con Ford, luego con Marconi. Sesenta y cinco años después ando con Pitágoras, Carlomagno, Catalina de Rusia, Mahoma y todo lo que me encuentro.

     ¿A dónde voy?... a que las lecturas me han convencido de que la santidad es cosa de fuerza y de dominio de uno mismo y que no es cosa religiosa sino espiritual y ética. Que quien nunca ha sentido y sabido canalizar su agresividad y esa dosis de maldad inherente al ser humano, nunca será bueno... tal vez bondadoso... nada más.

     El enfrentamiento con el dolor animal provocado por uno mismo y posteriormente canalizado hacia el bien me parece justo y razonable por no decir indispensable.

     Ramiro y yo hemos pagado nuestra cuota del daño a los animales con nuestro arrepentimiento, dolor y perfeccionamiento. Creo que dejamos de ser un peligro para la sociedad y para nosotros mismos a su debido tiempo.

     Déjenme contarles una historia interesante de cuando estudié Hipnosis Clínica.

     Se escogió al mejor militar de tropa que se pudo. Ni una boleta de arresto. Intachable. Sargento segundo de un batallón del campo militar número uno. Cuarentón, fuerte, limpio, cortés, educado. Se le sujetó a hipnosis en un aula del Hospital Central Militar lográndose llevarlo a etapas profundas con facilidad ya que era inteligente e imaginativo.

     El asunto era saber si se le podía llevar al daño y al mal desde la hipnosis, en un intento más de dilucidar este escabroso asunto. El médico hipnólogo al cargo le dijo que en un cajón del escritorio al que estaba sentado había una pistola cargada. Que en unos momentos entraría un general uniformado y que sentiría tal odio  que sacaría la pistola del cajón y le vaciaría el cargador al general, para matarlo.

     Esto se hizo durante un curso de hipnosis clínica y experimental y los alumnos ya habíamos discutido los posibles resultados del experimento acaloradamente pues había opiniones encontradas.

     Entró el Dr. Lozano quien era patólogo y general, enamorado de la hipnosis. Imponente en su uniforme. El sargento sacó la pistola, que estaba vacía... y jaló... y jaló del gatillo una y otra vez hasta que se la quitaron de la mano

     ¿Qué sucedió? Unos decían que la hipnosis era una chingadera letal que podía cambiar por completo la personalidad de un individuo perfecto. Otros decían que este individuo no era perfecto sino todo lo contrario y que su aparente perfección era sólo un mecanismo de sublimación de sus odios y rencores; que la hipnosis sólo había devuelto al sujeto su verdadera personalidad. Hace de esto más de cuarenta años y aún acepto ambas posiciones quedándome muy claro que las personalidades demasiado rígidas son varillas de cristal que se quiebran y que las flexibles nada más se inclinan y se vuelven a enderezar; quedándome claro también, desde luego, que la hipnosis no se debe manejar más que por manos benditas y tan sólo para resolver los problemas que el paciente solicite o acepte ventilar. Nada más.

     La incursión por el mundo de la cirugía en animales, por muy dolorosa que parezca, es indispensable para que el futuro médico amoroso deje catabolizada su agresividad y su maldad.

     Los animales no nada más son alimento, fuerza de trabajo, diversión y equilibrio ecológico. También son indispensables para el equilibrio emocional del humano, desde víctima de laboratorio hasta mascota de anciano, pasando por protagonista de múltiples terapias en que hace magníficos papeles, como es el caso de la equinoterapia.

     Los animales que existen porque el hombre los rescató de la extinción para sus juegos y ritos, como el ‘uro’ de la Europa central, y que son ahora, con el hombre y el caballo  actores de le tauromaquia, son renglón aparte que tal vez en otra ocasión discuta con cualquier alma sensible que me lo solicite.

     Una vez agotado este asunto del animal y el hombre, tan importante en la formación del alma de cadete (que como hemos visto, se sigue formando y depurando durante toda la vida), pasaré a  escribir del sexto años de mi carrera.

     Al volvernos capitanes primeros, pasantes de medicina con sueldo, fuimos alejados de los cuartos con cuatro camastros, los viejos lockers juntos, los cuatro lavabos, un excusado y una regadera para ocho cadetes . Adiós a las chinches y a las queridas afanadoras, algunas tan horribles y cachondas como aquella Rosa chimuela, gorda, despeinada y dispuesta a todo ó a aquella Lula tan jovencita y agraciada que salió corriendo a los pocos días de aparecerse en tan masculino territorio.

     Sólo el día en que a cada uno le tocaba la guardia como oficial de cuartel se podía tomar alojamiento en aquel cuartito del último piso destinado al efecto y cuya puerta estuvo a punto de derribar a golpes en primer año aquél fornido cadete de mi generación; becado hondureño: Marco Antonio Cáceres cuando tras una mega peda colectiva de novatada se dispuso a rapar ni más ni menos que al oficial de cuartel.

     Dar porrazos en esta puerta era como tocar a las puertas del infierno El tal cuartucho estaba estratégicamente colocado junto a las escaleras y los golpes sonaron esa vez como el gong aquel de las películas de largo metraje cuyo anuncio inicial competía en fama con el león “de la metro”.

     Aquella madrugada fuimos llevados los escandalosos a dormir la mona a la guardia en prevención y aquello que comenzó como una novatada alcohólica por poco me cuesta mi estancia en la Escuela de no haber sido por el cariño y sentido del humor del papá de Ibancovichi quien ya de día se acercó al catre adonde yo dormía y al cual le habían quitado tornillos o lo habían armado a la carrera; el caso es que cuando yo me levanté presuroso al preguntarme aquel superior si estaba ó no borracho y cuadrarme en posición de firmes  diciendo:

      ---- ¡No, mi teniente coronel!

     …Que me da un mareo… que me detengo en el catre… y que se desarma el puto camastro cayendo yo sobre él a los pies de aquel buen médico, ayudante de la Escuela quien se dio media vuelta y se alejó… posiblemente para que nadie lo viese reír.

     Un alumno de quinto año apellidado Lozoya. Apellido de  gran abolengo entre políticos y médicos militares, en particular pediatras; era sobrino de un compañero de trabajo de mi padre y, sin yo saberlo, una especie de guardián que puso sobre aviso a mi papá.

     El, que no acostumbraba meterse en los asuntos de mis compañías y amistades me llamó para preguntarme cómo andaban mis relaciones amistosas y si existían por ahí vapores alcohólicos; quedando supuestamente tranquilo con mi explicación.

     Sin embargo el comportamiento atento hacia mí de Lozoya todo ese año, que era para mí el primero de cadete y para él el último; me hace sospechar que siempre fue este compañero el largo y silencioso brazo vigilante de mi padre que me rozaba cuidadoso durante esos peligrosos y difíciles meses de 1955.

      Lozoya, Pous, Mena, Limón, Castro, Soto, Marquinez: jovencísimos cadetes de años superiores que formaron la corte angelical que me cuidó y me mostró el camino ese primer año... benditos sean… y… como les canta Antonio Machado a los álamos del Duero: “conmigo vais… mi corazón os lleva”.

     Esa puerta del cuarto del oficial de cuartel daba lugar a una celda monacal con un camastro, un buró, una silla y un calendario en la pared con una cantante de ranchero vestida de azul .

     El ambiente sólo podría haber sido más austero sin el calendario pero era éste el único contacto con la verdadera vida ya que la cantante mostraba un generoso escote donde posar los ojos cansados de estudiar durante esas larguísimas horas muertas sin nada que hacer.

     Me devolvieron los setecientos cincuenta pesos de fianza que se habían depositado cinco años atrás y tuve que hacerme a la idea de ya no ser cadete, de ya no poder escaparme de la guardia pues “yo era la guardia”, de no poder evadir la responsabilidad pues “yo era la responsabilidad” de no poder ocultarme a la autoridad pues “yo era la autoridad”.

     Aprendí rápidamente lo que es la solemne soledad del mando… y no me gustó.

     Uno cree conocerse y saber, pero ni se conoce ni se sabe. Yo era como aquel sargento segundo hipnotizado; parecía reflejar mi verdadero yo sin ser cierto. Creía ser austero y místico cuando solamente  era el reflejo de las lecturas que andaban sueltas por la casa.

     Me fui formando ídolos en los personajes de las novelas costumbristas de los páramos nórdicos españoles, de la poesía triste nacida en Soria y Extremadura, de las novelas de aventuras con héroes sombríos como el capitán Ahab de Moby Dick.

     Creía que la soledad con una cajetilla de cigarros era más que apetecible… hasta que la probé realmente y me disgustó. Para entonces, a los veintitrés años de edad no había aprendido las dulces mieles del desmadre frívolo, sólo sabía del desmadre comprometido, de la anarquía organizada, del romanticismo acerado. Para hacerlo compartible y hermoso, necesité del ejemplo de mis hermanos cadetes de la Escuela Médico Militar quienes ya como oficiales también me enseñaron e inspiraron… y pude llegar a decir:


     “Ya casi tengo una amante que se llama Soledad;
no Socorro, no Piedad y mucho menos Dolores.
Quiero darle mis amores
a Chole, mi soledad .

     No es veloz;  tampoco es lenta.
Tiene apodo de sirvienta
mas nombre de calidad:
Chole, Chole… Soledad.

     Y la voy a compartir
a mi modo y cuando quiera
pero nadie va a sufrir
… porque sé de que manera”.


     A partir del sexto año; conociendo la soledad del mando y habiendo aprendido a cantarle, comencé a interactuar con la vida de los demás de diferentes y nuevas maneras que ocuparán el desarrollo de esta parte final del libro.

sábado, 22 de agosto de 2015

Alma de Cadete (Parte 20)

     La piel, la mente, la nariz, oídos y garganta, los tumores, las materias militares… todo el plan de estudios se llevó a cabo puntualmente y sin interrupciones durante mi carrera. Nada de huelgas, ningún movimiento armado, no catástrofes excepto las propias de cada uno a través de su corazón juvenil y enamorado. Prohibido casarse todavía. Había mucho que hacer por delante.

     Ahora que menciono la piel quiero dejar constancia de un parte aguas que viví en relación con la dermatología.

     Era una especialidad relativamente nueva todavía en 1959.

     Lo que ahora es una impresionante montaña de sabiduría, medicina interna e incluso algo ya de cirugía, era mucho menos que la oftalmología. Era el refugio de todos aquellos venereólogos que se quedaron sin especialidad con el advenimiento de la penicilina.

     Nuestro flamante director de la Escuela Médico Militar era un imponente general con una pequeña especialidad… y digo pequeña no por ser pobre en asuntos de dinero sino pobre en asuntos de prestigio.

     Tiempo después, el advenimiento de la cimetidina casi acabó con la gastroenterología quirúrgica  en el sentido de que dejó de ser la reina de los pizarrones en que se anunciaban las operaciones  de cada día. Cuando fui cirujano general destacaban a montones enunciados tales como: gastrectomía, antrectomía, vaguectomía, que han desaparecido de los quirófanos pues las úlceras pépticas ya no se tratan así.

     Aquellas opiniones exaltadas de que la cirugía lo era todo se habían apagado.

     Pronto aprendí que fuera de los quirófanos se luchaba tal vez con menos glamour pero sí con más recursos e intensidad por la salud del ser humano que mutilando cuerpos.

     Afortunadamente la cirugía se ha vuelto menos mutilante, más minimalista, más protésica y reconstructiva que mutilante.

     En aquellos tiempos un cirujano operado de catarata daba por terminada su actividad quirúrgica. No se podía operar nada con unos anteojos de doce dioptrías a los que llamábamos ‘cajas de sorpresas’ porque, ni el vaso para beber estaba donde pensábamos, ni el coche que se nos venia encima en la calle estaba a la distancia supuesta ni se podía dar pie con bola cortando y suturando un cuerpo enfermo en el quirófano.

     Seguiríamos así de no haber habido enorme investigación en lentes de contacto e intraoculares así como en ingeniería biomédica para los nuevos aparatos, suturas,   sustancias viscoelásticas y medicamentosas que permiten al cirujano lucirse y acaparar tanto los honores como las demandas.

     Los cirujanos pagamos la factura que nos pasa esa honra al ser mucho más exigidos por el paciente.

     Se sabe ya que los resultados son constantes, precisos, exitosos. Es necesario pagar altas primas por fuertes seguros que nos protejan durante el ejercicio de nuestra profesión

     Ya nadie se asombra de poder ver al día siguiente de ser operado de una catarata ó de una cirugía refractiva. Quiere y exige ver... y ver bien.

      Los nombres de los cirujanos exitosos y acertados ya no se graban ni permanecen tanto en las memorias que sufren y el enfermo elige basándose más en su economía que en su fe.

     Lo abogados, muchos de ellos verdaderos filibusteros que careciendo del botín atracan al galeón, convencen con relativa facilidad a los familiares y pacientes inseguros de si hicieron o no buen negocio en asuntos de salud y así magníficos cirujanos competentes y bien intencionados mueren o se suicidan ante demandas ruinosas ó prolongadas en que estuvieron mal protegidos.

     Curiosamente los malos cirujanos, los que son una amenaza, casi nunca son demandados. Son unos genios de la seducción.

     Las cosas cambian y hay que detectar y aceptar o rechazar el cambio oportunamente. La inteligencia se mide con mucha precisión por el poder de adaptación.

     Estos asuntos de comprensión de valores y criterios son un factor ineludible e inapreciable para el alma de un cadete

     Esta disposición a estar enterado de la historia y otorgar el beneficio de la duda en su caso. El sano escepticismo que suaviza la rigidez dogmática de conceptos, heredada de la familia y la religión; yo se lo agradezco a mi Escuela y no me canso de honrarla y ensalzarla; entendiendo por Escuela Médico Militar todo… todo lo que llevo escrito y mucho más que no alcanzaré nunca a exponer ni a explicar en su totalidad y gloria.

     Antes de pasar al sexto y último año de la carrera debo cumplir con el compromiso que hice de comentar asuntos relacionados con la cirugía experimental.

     Valgan dos fragmentos de correspondencia entre Ramiro García Reyes y yo muchos años después de recibidos.

     El es urólogo y vive retirado en San Diego, EEUU y yo oftalmólogo, en México D. F.

     Ambos hacemos transplantes.

     Ramiro y yo fuimos compañeros de cuarto casi toda la carrera y como éramos igual de orgullosos nos llevábamos mal. Llegamos a darnos de golpes.

     Después de muchos años de no saber uno del otro nos reencontramos y este es el estilo de comunicación y amistad que nos une ahora.

     Aprovecho dos correos que tratan de cirugía experimental para cumplir con mi promesa pero hago ver que nuestra alma ha cambiado para mejorar. No empeoramos porque la Escuela nos dotó de buenas herramientas morales, psicológicas y profesionales.

     Quienes  sufran leyendo asuntos de animales en desgracia mejor váyanse directamente a la lectura después de la escritura en cursiva.

Sábado 7 de Marzo del 2009.


Querido Ramiro:


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     Hoy te voy a contar algo de mi vida sumamente estúpido pues fue llevado adelante por mi paranoia en el sentido de llegar a ser algo así como un premio Nobel después de renunciar al ejército.

     Pensé que en una especialidad tan pequeña y doméstica como era la oftalmología en aquel entonces, me sería fácil llegar a ser un cirujano legendario y fuera de serie.

     Lo que se me ocurrió fue desarrollar una técnica quirúrgica exitosa para transplantar todo el globo ocular.

     Mis víctimas fueron conejos grandes, albinos, que compraba en un criadero. Perros tanto finos como corrientes que me regalaban y operaba en el cuarto de regaderas de la casa de mis padres ó perros bastardos  que me permitían operar en el Hospital Central Militar. Monos lechuza (ideales por el tamaño de sus ojos) o monos ardilla, que compraba en una tienda de mascotas sobre pedido a EEUU pues en México estaba prohibido su traslado interestatal por motivos sanitarios (los que encargaba venían de Florida con vacunas y permisos en orden y me salían, por supuesto, bien caros).

     Si hay un cielo con juicio para entrar a él; pienso que mi mayor problema para entrar va a ser justificar lo que les hice a esos pobres animales.

     Algunos changuitos estuvieron a punto de morir achicharrados por un radiador calentador que les puse y se incendió una noche en el cuarto donde los guardaba, adentro de un closet en casa de mis padres. Otro, que dejé al cuidado de unos amigos cuando fue requerido para el sacrificio ya se había encariñado con su familia adoptiva y ellos con él al grado que se resistieron a devolvérmelo y me ofrecieron comprármelo; cosa que yo no acepté (cuando me hablabas de tus demonios internos yo pensaba en todas estas cosas).

     Los conejos no eran sacrificados adecuadamente ya que yo queriéndoles dar una muerte dulce los metía en cajas de zapatos con un agujero que se adaptaba al tubo de escape de mi coche con el motor andando ¿qué enfermo, no?

     Mi plymouth negro se convirtió en zona de exterminio tipo Auschwitz donde mis conejos perdían la vida después de unas breves sacudidas.

     Los perros que operé en casa de mis padres me hicieron creer que veían cuando, ya ciegos, recorrían alegre y velozmente el entorno al cuarto de regaderas y la alberca pues antes de ser operados ya se lo habían aprendido.

     En fin, Ramiro, que entre monóxido de carbono, regaderas y hospital me desenvolvía como todo un macabro Dr. Mengele.

     Mis ideas eran, en un principio, quitar todo el ojo excepto un pequeño rodete de esclera y membranas internas alrededor del nervio óptico sustituyendo todo lo demás con un artefacto de silicón transparente (silicón que le compraba a Down Corning y que sólo se vendía en grandes cantidades industriales) el cual yo vaciaba en la cavidad orbitaria en estado líquido y que, recién mezclado con el catalizador correspondiente, se dejaba fraguar ‘in situ’.

     Cuando, después de mis carnicerías comprendí que esto no funcionaba incursioné en un intento por regenerar el nervio óptico ya cortado, para luego desarrollar una técnica de recambio de todo el ojo (vaya: como cambiar un foco).

     Dicho nervio se parece más a un churrito de pasta de dientes que a un verdadero nervio pues carece de vaina de Schwann y pensé que la degeneración walleriana típica después de ser seccionado era debida a la carencia de esta vaina.

     Pensé en injertar schwannoma en la zona del corte pero comprendí lo difícil que me iba a ser conseguir schwannoma de perro (otra cosa sería después en humanos, pensaba yo) y me di a la tarea de implantar, en vez de un fragmento de tal tumor benigno en la zona del corte, un trocito de nervio femoral del mismo perro.

     Cuando me di cuenta, estudiando los cortes histológicos en el post operatorio tardío, que había fracasado, pasé con otros oftalmólogos jóvenes a desarrollar ideas más prácticas y sensatas de cirugía experimental orientadas al glaucoma.

      Quién nos iba a decir en aquellos tiempos que los medicamentos iban a casi sustituir la cirugía del glaucoma tal y como sucedió con la cimetidina en la cirugía gastro duodenal y vagal.

     Todavía conservo con cariño una libreta con dictados de operación de aquellas  cirugías compartidas con Oliver y Hernández Cevallos: sensatos y buenos amigos también oftalmólogos militares

      Bueno querido Ramiro; espero que hayas disfrutado lo que fuiste leyendo tanto como yo lo sufrí al irlo escribiendo.

     Cuídate mucho. Que tengas un buen fin de semana.

     Tu amigo: Eduardo.
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Wed, Mar 18, 2009

     Eduardo.

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     En lo referente al laboratorio de animales de la Universidad de Minnesota la crueldad es la misma pero en Inglés.

     El sistema de la Universidad de Minnesota en aquella época constaba de cuatro hospitales de los cuales se hacía investigación sólo en dos: el Hospital Universitario y el Hospital de Veteranos.

     En el primero teníamos aproximadamente diez mesas de operaciones en una gran sala de cirugía. Ahí se operaban perros y monos. También había otra sala más pequeña en la cual se operaban ratas.

     En el Hospital de Veteranos el complejo era más grande. Todo un edificio de tres pisos y ahí se hacía cirugía en cerdos y vacas.

     En estos dos laboratorios se hacían experimentos para tratar de probar cualquier teoría que se le ocurriera al jefe o a cualquiera de sus ayudantes ya fuera por interés puramente científico o por la ambición de llevar a cabo un experimento, publicarlo y sumar a su currículum un artículo más, lo cual aumentaría su fama, su nivel académico y, como consecuencia, su sueldo.

Se mataban aproximadamente unos diez perros y unos tres puercos diariamente y Dios sabe cuántas ratas.

     Los perros se utilizaban para hacer transplantes renales y transplantes de páncreas que nunca funcionaban.

     La muerte no era inmediata sino que se dejaba que los animales se fueran desgastando lentamente; sufriendo todas las complicaciones asociadas a la diabetes y a la insuficiencia renal (se quitaban el páncreas y los riñones de un perro y se le ponían a otro, que a la larga rechazaban).

     Los cerdos son muy delicados. El 90 % morían durante la inducción de la anestesia, en fibrilación ventricular. Los que sobrevivían a la tremenda experiencia de la intubación endotraqueal (extremadamente difícil en cerdos y practicada por nosotros que nunca habíamos intubado) sufrían la misma muerte lenta y dolorosa arriba descrita.

     Si hice hincapié en “Inglés” es porque el común americano se considera justo y compasivo. Para probar eso o para tranquilizar su conciencia inventó el concepto de Derechos Humanos y de la Sociedad Protectora de Animales, para evitar la crueldad con ellos.

     Se les olvida pensar que los animales estaban sanos y no tenían por qué ser sometidos a una cirugía que no necesitaban y que no reportaba ningún beneficio cie     La piel, la mente, la nariz, oídos y garganta, los tumores, las materias militares… todo el plan de estudios se llevó a cabo puntualmente y sin interrupciones durante mi carrera. Nada de huelgas, ningún movimiento armado, no catástrofes excepto las propias de cada uno a través de su corazón juvenil y enamorado. Prohibido casarse todavía. Había mucho que hacer por delante.

     Ahora que menciono la piel quiero dejar constancia de un parte aguas que viví en relación con la dermatología.

     Era una especialidad relativamente nueva todavía en 1959.

     Lo que ahora es una impresionante montaña de sabiduría, medicina interna e incluso algo ya de cirugía, era mucho menos que la oftalmología. Era el refugio de todos aquellos venereólogos que se quedaron sin especialidad con el advenimiento de la penicilina.

     Nuestro flamante director de la Escuela Médico Militar era un imponente general con una pequeña especialidad… y digo pequeña no por ser pobre en asuntos de dinero sino pobre en asuntos de prestigio.

     Tiempo después, el advenimiento de la cimetidina casi acabó con la gastroenterología quirúrgica  en el sentido de que dejó de ser la reina de los pizarrones en que se anunciaban las operaciones  de cada día. Cuando fui cirujano general destacaban a montones enunciados tales como: gastrectomía, antrectomía, vaguectomía, que han desaparecido de los quirófanos pues las úlceras pépticas ya no se tratan así.

     Aquellas opiniones exaltadas de que la cirugía lo era todo se habían apagado.

     Pronto aprendí que fuera de los quirófanos se luchaba tal vez con menos glamour pero sí con más recursos e intensidad por la salud del ser humano que mutilando cuerpos.

     Afortunadamente la cirugía se ha vuelto menos mutilante, más minimalista, más protésica y reconstructiva que mutilante.

     En aquellos tiempos un cirujano operado de catarata daba por terminada su actividad quirúrgica. No se podía operar nada con unos anteojos de doce dioptrías a los que llamábamos ‘cajas de sorpresas’ porque, ni el vaso para beber estaba donde pensábamos, ni el coche que se nos venia encima en la calle estaba a la distancia supuesta ni se podía dar pie con bola cortando y suturando un cuerpo enfermo en el quirófano.

     Seguiríamos así de no haber habido enorme investigación en lentes de contacto e intraoculares así como en ingeniería biomédica para los nuevos aparatos, suturas,   sustancias viscoelásticas y medicamentosas que permiten al cirujano lucirse y acaparar tanto los honores como las demandas.

     Los cirujanos pagamos la factura que nos pasa esa honra al ser mucho más exigidos por el paciente.

     Se sabe ya que los resultados son constantes, precisos, exitosos. Es necesario pagar altas primas por fuertes seguros que nos protejan durante el ejercicio de nuestra profesión

     Ya nadie se asombra de poder ver al día siguiente de ser operado de una catarata ó de una cirugía refractiva. Quiere y exige ver... y ver bien.

      Los nombres de los cirujanos exitosos y acertados ya no se graban ni permanecen tanto en las memorias que sufren y el enfermo elige basándose más en su economía que en su fe.

     Lo abogados, muchos de ellos verdaderos filibusteros que careciendo del botín atracan al galeón, convencen con relativa facilidad a los familiares y pacientes inseguros de si hicieron o no buen negocio en asuntos de salud y así magníficos cirujanos competentes y bien intencionados mueren o se suicidan ante demandas ruinosas ó prolongadas en que estuvieron mal protegidos.

     Curiosamente los malos cirujanos, los que son una amenaza, casi nunca son demandados. Son unos genios de la seducción.

     Las cosas cambian y hay que detectar y aceptar o rechazar el cambio oportunamente. La inteligencia se mide con mucha precisión por el poder de adaptación.

     Estos asuntos de comprensión de valores y criterios son un factor ineludible e inapreciable para el alma de un cadete

     Esta disposición a estar enterado de la historia y otorgar el beneficio de la duda en su caso. El sano escepticismo que suaviza la rigidez dogmática de conceptos, heredada de la familia y la religión; yo se lo agradezco a mi Escuela y no me canso de honrarla y ensalzarla; entendiendo por Escuela Médico Militar todo… todo lo que llevo escrito y mucho más que no alcanzaré nunca a exponer ni a explicar en su totalidad y gloria.

     Antes de pasar al sexto y último año de la carrera debo cumplir con el compromiso que hice de comentar asuntos relacionados con la cirugía experimental.

     Valgan dos fragmentos de correspondencia entre Ramiro García Reyes y yo muchos años después de recibidos.

     El es urólogo y vive retirado en San Diego, EEUU y yo oftalmólogo, en México D. F.

     Ambos hacemos transplantes.

     Ramiro y yo fuimos compañeros de cuarto casi toda la carrera y como éramos igual de orgullosos nos llevábamos mal. Llegamos a darnos de golpes.

     Después de muchos años de no saber uno del otro nos reencontramos y este es el estilo de comunicación y amistad que nos une ahora.

     Aprovecho dos correos que tratan de cirugía experimental para cumplir con mi promesa pero hago ver que nuestra alma ha cambiado para mejorar. No empeoramos porque la Escuela nos dotó de buenas herramientas morales, psicológicas y profesionales.

     Quienes  sufran leyendo asuntos de animales en desgracia mejor váyanse directamente a la lectura después de la escritura en cursiva.

Sábado 7 de Marzo del 2009.


Querido Ramiro:


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     Hoy te voy a contar algo de mi vida sumamente estúpido pues fue llevado adelante por mi paranoia en el sentido de llegar a ser algo así como un premio Nobel después de renunciar al ejército.

     Pensé que en una especialidad tan pequeña y doméstica como era la oftalmología en aquel entonces, me sería fácil llegar a ser un cirujano legendario y fuera de serie.

     Lo que se me ocurrió fue desarrollar una técnica quirúrgica exitosa para transplantar todo el globo ocular.

     Mis víctimas fueron conejos grandes, albinos, que compraba en un criadero. Perros tanto finos como corrientes que me regalaban y operaba en el cuarto de regaderas de la casa de mis padres ó perros bastardos  que me permitían operar en el Hospital Central Militar. Monos lechuza (ideales por el tamaño de sus ojos) o monos ardilla, que compraba en una tienda de mascotas sobre pedido a EEUU pues en México estaba prohibido su traslado interestatal por motivos sanitarios (los que encargaba venían de Florida con vacunas y permisos en orden y me salían, por supuesto, bien caros).

     Si hay un cielo con juicio para entrar a él; pienso que mi mayor problema para entrar va a ser justificar lo que les hice a esos pobres animales.

     Algunos changuitos estuvieron a punto de morir achicharrados por un radiador calentador que les puse y se incendió una noche en el cuarto donde los guardaba, adentro de un closet en casa de mis padres. Otro, que dejé al cuidado de unos amigos cuando fue requerido para el sacrificio ya se había encariñado con su familia adoptiva y ellos con él al grado que se resistieron a devolvérmelo y me ofrecieron comprármelo; cosa que yo no acepté (cuando me hablabas de tus demonios internos yo pensaba en todas estas cosas).

     Los conejos no eran sacrificados adecuadamente ya que yo queriéndoles dar una muerte dulce los metía en cajas de zapatos con un agujero que se adaptaba al tubo de escape de mi coche con el motor andando ¿qué enfermo, no?

     Mi plymouth negro se convirtió en zona de exterminio tipo Auschwitz donde mis conejos perdían la vida después de unas breves sacudidas.

     Los perros que operé en casa de mis padres me hicieron creer que veían cuando, ya ciegos, recorrían alegre y velozmente el entorno al cuarto de regaderas y la alberca pues antes de ser operados ya se lo habían aprendido.

     En fin, Ramiro, que entre monóxido de carbono, regaderas y hospital me desenvolvía como todo un macabro Dr. Mengele.

     Mis ideas eran, en un principio, quitar todo el ojo excepto un pequeño rodete de esclera y membranas internas alrededor del nervio óptico sustituyendo todo lo demás con un artefacto de silicón transparente (silicón que le compraba a Down Corning y que sólo se vendía en grandes cantidades industriales) el cual yo vaciaba en la cavidad orbitaria en estado líquido y que, recién mezclado con el catalizador correspondiente, se dejaba fraguar ‘in situ’.

     Cuando, después de mis carnicerías comprendí que esto no funcionaba incursioné en un intento por regenerar el nervio óptico ya cortado, para luego desarrollar una técnica de recambio de todo el ojo (vaya: como cambiar un foco).

     Dicho nervio se parece más a un churrito de pasta de dientes que a un verdadero nervio pues carece de vaina de Schwann y pensé que la degeneración walleriana típica después de ser seccionado era debida a la carencia de esta vaina.

     Pensé en injertar schwannoma en la zona del corte pero comprendí lo difícil que me iba a ser conseguir schwannoma de perro (otra cosa sería después en humanos, pensaba yo) y me di a la tarea de implantar, en vez de un fragmento de tal tumor benigno en la zona del corte, un trocito de nervio femoral del mismo perro.

     Cuando me di cuenta, estudiando los cortes histológicos en el post operatorio tardío, que había fracasado, pasé con otros oftalmólogos jóvenes a desarrollar ideas más prácticas y sensatas de cirugía experimental orientadas al glaucoma.

      Quién nos iba a decir en aquellos tiempos que los medicamentos iban a casi sustituir la cirugía del glaucoma tal y como sucedió con la cimetidina en la cirugía gastro duodenal y vagal.

     Todavía conservo con cariño una libreta con dictados de operación de aquellas  cirugías compartidas con Oliver y Hernández Cevallos: sensatos y buenos amigos también oftalmólogos militares

      Bueno querido Ramiro; espero que hayas disfrutado lo que fuiste leyendo tanto como yo lo sufrí al irlo escribiendo.

     Cuídate mucho. Que tengas un buen fin de semana.

     Tu amigo: Eduardo.
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Wed, Mar 18, 2009

     Eduardo.

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     En lo referente al laboratorio de animales de la Universidad de Minnesota la crueldad es la misma pero en Inglés.

     El sistema de la Universidad de Minnesota en aquella época constaba de cuatro hospitales de los cuales se hacía investigación sólo en dos: el Hospital Universitario y el Hospital de Veteranos.

     En el primero teníamos aproximadamente diez mesas de operaciones en una gran sala de cirugía. Ahí se operaban perros y monos. También había otra sala más pequeña en la cual se operaban ratas.

     En el Hospital de Veteranos el complejo era más grande. Todo un edificio de tres pisos y ahí se hacía cirugía en cerdos y vacas.

     En estos dos laboratorios se hacían experimentos para tratar de probar cualquier teoría que se le ocurriera al jefe o a cualquiera de sus ayudantes ya fuera por interés puramente científico o por la ambición de llevar a cabo un experimento, publicarlo y sumar a su currículum un artículo más, lo cual aumentaría su fama, su nivel académico y, como consecuencia, su sueldo.

Se mataban aproximadamente unos diez perros y unos tres puercos diariamente y Dios sabe cuántas ratas.

     Los perros se utilizaban para hacer transplantes renales y transplantes de páncreas que nunca funcionaban.

     La muerte no era inmediata sino que se dejaba que los animales se fueran desgastando lentamente; sufriendo todas las complicaciones asociadas a la diabetes y a la insuficiencia renal (se quitaban el páncreas y los riñones de un perro y se le ponían a otro, que a la larga rechazaban).

     Los cerdos son muy delicados. El 90 % morían durante la inducción de la anestesia, en fibrilación ventricular. Los que sobrevivían a la tremenda experiencia de la intubación endotraqueal (extremadamente difícil en cerdos y practicada por nosotros que nunca habíamos intubado) sufrían la misma muerte lenta y dolorosa arriba descrita.

     Si hice hincapié en “Inglés” es porque el común americano se considera justo y compasivo. Para probar eso o para tranquilizar su conciencia inventó el concepto de Derechos Humanos y de la Sociedad Protectora de Animales, para evitar la crueldad con ellos.

     Se les olvida pensar que los animales estaban sanos y no tenían por qué ser sometidos a una cirugía que no necesitaban y que no reportaba ningún beneficio científico. Nada más iba a ser un escalón para que alguien se ganara unos cuantos centavos o algún día el premio Nobel; o bien la satisfacción de un ego muy difícil de complacer.

     A esto me refería cuando te dije que todos tenemos demonios y que ojalá Dios nos perdone (miserere nobis).

     Que tengas buen día y mejor noche.

     Ramiro.
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     No reconozco otro signo de superioridad que la bondad.

     Soportar… soporto muchos pero sólo este reconozco.

     También reconozco que la bondad es asunto de elección.
ntífico. Nada más iba a ser un escalón para que alguien se ganara unos cuantos centavos o algún día el premio Nobel; o bien la satisfacción de un ego muy difícil de complacer.

     A esto me refería cuando te dije que todos tenemos demonios y que ojalá Dios nos perdone (miserere nobis).

     Que tengas buen día y mejor noche.

     Ramiro.
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