"El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada
sino la vida, la brillante e intensa vida."

Alain - Arias Misson

jueves, 23 de mayo de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 37: Vivir no es sólo existir... es morir en la moto


37

VIVIR  NO  ES  SÓLO  EXISTIR
…ES MORIR  EN  LA  MOTO


     El servicio de Oftalmología del Español era un servicio con dos cabezas, y eso de los servicios bicéfalos siempre ha sido disfuncional.

     Decía mi padre, con ese su sentido del humor celta excelente, que para que un negocio funcionara bien debía tener tres patrones: uno al frente, otro enfermo y el tercero de viaje.

     El médico viejo buena onda y el viejo nefasto no se llevaban bien, no se comunicaban …pero eran igual de jefes.

     Oftalmología no se fue para arriba al levantarse el gran edificio hospitalario conocido como la “Unidad Pablo Diez” (famoso benefactor, paisano leonés) porque nunca estuvo uno de ellos peleando por: médicos, equipo y todo tipo de prebendas como lo hicieron Parás para Cardiología, Álvarez Bravo para Ginecología y Obstetricia, Matute para Gastro, Pino para Ortopedia, Azcárate para Otorrino y todos, todos los jefes de servicio que pelearon, prepararon y mejoraron su territorio en aquél nuevo magnífico hospital que, cuando yo me presenté en las instalaciones viejas para hacer mi solicitud de trabajo, apenas era un dibujo de enormes líneas blancas trazadas con cal en el piso.

     Tuvieron que pasar muchos años; mucha agua pasó por debajo de ese molino para que las cosas cambiaran y para entonces yo ya no era uno de los molineros …de hecho ya no había ninguno de aquellos junto a los cuales fui moliendo el trigo con que amasé poco a poco, en aquel tiempo, el bendito pan de mi profesión esponjado con la levadura de tan noble especialidad.

     Ese oftalmólogo gallego como ya te dije, me convenció de que yo era especial y de que estaría mejor sólo dando consulta que asociado con otros (que no fueran él).

     Recordé lo que me había dicho mi padre acerca de montar consultorio en casa e hice la prueba.

     Puse  consultorio también en mi casa.

     ¡Puta madre! Se fue para arriba como la espuma.

     Puse un letrerazo, no …dos letreros …uno enorme en una barda de la avenida Montevideo, la más importante de Lindavista, todo negro pero con unas letras blancas de a metro cada una que decían “OCULISTA” (me encabronaba la palabrita, pero no cabía de buen tamaño la de: “oftalmólogo”. Además ésta no era bien conocida por el pópulo; algunos creían que ser oculista era algo como ser “dentista”’, no médico “como todos”. Se hacían …y se hacen bolas aún con eso de: “oculista”, “optometrista” y “oftalmólogo” …apenas me estoy dejando de encabronar por ello) y debajo de ella, a todo lo largo, una enorme flecha que apuntaba hacia la esquina como diciendo “ahí está”, a la vueltecita . Sobre la puerta de mi garage puse otro mucho más discreto y aún así me avergonzaba un poco pues tenía mi nombre y estaba en mi casa; como que me sentía  “oftalmólogo prostituto” (“se vende oftalmólogo”).

     Y menos mal que me decidí a todo esto de los anuncios ya que la competencia, aunque escasa, era tremenda, con programas de radio de treinta minutos cada uno dos veces al día y anuncios en la estación radiofónica que daba (¿todavía la dará?) la hora minuto a minuto. Cada minuto se escuchaba el nombre y datos de la competencia, cada minuto durante las veinticuatro horas del día, un mil cuatrocientas cuarenta y cuatro veces al día.

     Los pronósticos de mi padre se cumplieron de nuevo.

     Llegaba yo del campo militar  (era un rato delicioso manejar escuchando a “Tres Patines” durante escasa media hora sin tener que ver enfermos) …y ya había pacientes sentados a la mesa comiéndose una sopita mientras yo no estaba. No se iba ni uno.

     Poco a poco fui dejando todo por aquel consultorio.

     Fue como un regalo de Dios, pero como decimos entre padrinos y ahijados en el mundo de las adicciones: “ten cuidado con lo que le pides a Dios, porque capaz que te lo cumple”.

     En aquellos dos o tres años entre l965 y l967 mi vida diaria se desplazaba vertiginosamente desde Lindavista hasta los rumbos del aeropuerto donde trabajé como oftalmólogo en el hospital infantil de San Juan de Aragón, pasando por el Hospital Central Militar a donde iba para mantenerme actualizado y seguirme perfeccionando, el Campo Militar, el Sanatorio Español, el consultorio de Tacuba y el de Polanco. Además tenía que llevar y traer pedidos de anteojos, medicamentos, acudir a cursos (fui durante años y años a cursos y más cursos) y atender mis obligaciones como supuesto buen padre de familia e hijo cariñoso y considerado.

     Estas idas y venidas llegaron a ser más adelante tan conflictivas por las obras del Circuito Interior que se iniciaron en lo que era Cuitláhuac y Jacarandas (mis vías normales para el Español y el Militar desde Lindavista) que tuve que aprender a andar en motocicleta.

     Tenía, como ves, mi trabajo del Hospital Español, de la Segunda Compañía de Sanidad en el Campo Militar Número Uno, el consultorio de Polanco, otro que abrí con el oftalmólogo de marras del Español en la calzada México Tacuba y una chamba como oftalmólogo en el Hospital Infantil de San Juan de Aragón a la cual acudí muchos meses por no fallarle a un querido maestro, director del mismo, quien me invitó, pero a la que acabé por renunciar sin haber cobrado jamás un centavo, aunque, eso sí, teniendo que checar tarjeta con un pendejo sombrerudo que se sentía dueño del hospital desde su pinche caseta.

     Insisto mucho en esto del trabajo excesivo porque fue causa importante de mi caída en los psico estimulantes. Creía firmemente en aquel poema de Gregorio Marañón, médico, pensador, escritor y poeta madrileño, quien escribía:

                                 “Vivir no es sólo existir
                                  sino existir y crear,
                                  saber gozar y sufrir
                                  y no dormir sin soñar.
                                  Descansar …es empezar a morir”

     Igual andaba volando con mi “carabela” amarilla, motocicleta chafa de repartidor con la que aprendí (me costó doce mil pesos nuevecita, de agencia …bueno …de juguetería o de mueblería, ya no me acuerdo dónde las vendían, y tenía una calamidad de motor de dos tiempos _de esos que hacen taca taca taca taca_ con una sola bujía que se le empapaba de aceite a cada rato y cuya máquina sonaba como cuando le jalas el agua a un excusado de esos antiguos de caja alta y cadena larga) como igual volaba poco después con una BMW 900 de poca madre, negra con plateado y con dos Hondas padrísimas, una “500” guinda y años después con otra Goldwing 1100 verde pasto, con maletas, que pesaba más de 500 kilos.

     Con esta moto, muchos años después, me estrellé una noche contra un poste en pleno Paseo de la Reforma al cerrárseme y aventarme contra el camellón un taxista envidioso de mi moto y de mi chava, dando  por terminado con esto mis ardores motocicleteros. Ni ella ni yo llevábamos casco …¡Cómo! ¡¿Presumir nuestros palmitos con las caras tapadas?! Asun, mi esposa, quien era mi “chava” en aquel entonces , quedó inconsciente tirada en la banqueta y yo, chorreando sangre con la nariz y un pómulo rotos y vidrios de los anteojos amarillos (bien padrotes ¿no? dizque para manejo nocturno) clavados en la piel cabelluda (que sangra un chingo), medio encuerado pues me había quitado la camisa para limpiar la sangre de mi cara; no sabía si levantarla a ella o a la moto que derramaba gasolina con peligro de incendiarse, explotar y matarnos a los dos.

     Una pareja joven nos ayudó. Mientras él y yo levantábamos aquella moto que pesaba más que una vaca, ella reconfortaba a Asun, que ya comenzaba a decir ..¿on toy? y a mover brazos y piernas …gracias a Dios.

     Asun no murió, como supondrán, y algo después me regaló una motocicletita de unos cuantos centímetros que adornó mi buró unos años hasta que se me quitó por completo la afición por las motos …pero no el amor por ellas.

     Pocas cosas hay que me hagan detener o voltear cuando camino por la calle como no sea una buena motocicleta subida en la banqueta. Las veo y las acaricio. Me encantan.

     Una motocicleta grande y hermosa parada junto a un portón vetusto de madera en Coyoacán, con el fondo de una barda de piedra coronada de bugambilia, me parece que podría ser un poster perfecto para anunciar la entrada al paraíso.
    
     Eran tantas las prisas que a veces me sorprendía jalando el agua del excusado al  sentarme a cagar antes de haber comenzado.

     Pensar en que algún día llegaría a ser un ciudadano que contara con tiempo de llevar su ropa a la tintorería (no tenía que hacerlo, pero me parecía una bonita idea) me parecía una quimera.

lunes, 29 de abril de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 36: Otra monja horrible y un consultorio de locura


                                                36

OTRA  MONJA  HORRIBLE
Y  UN  CONSULTORIO  DE  LOCURA


     Lo pusimos en la calzada México Tacuba, no allá por los panteones cerca de Naucalpán, sino acá ya cerca de Cuitláhuac (lo que viene siendo ahora el Circuito Interior), más cerca del Sanatorio Español y de Lindavista, pero en zona de clase más baja que media, en un primer piso de un edificio viejo cuya planta inferior estaba ocupada por una de aquellas famosas mueblerías SyR (Salinas y Rocha).

     Pusimos en la fachada, inmediatamente por arriba de la mueblería, debajo de nuestras ventanas, un letrero tan enorme anunciando que ahí había oftalmólogos del Hospital Militar y del Sanatorio Español, que los muebleros se  quejaron con el propietario y nos pidieron enérgicamente ser menos ostentosos porque le quitábamos calidad y clientela a la mueblería (¡hazme el favor!).

     Obedecimos, porque un tal “señor Janeiro”, el dueño, era paisano de Rico y entre gallegos y muebleros ya te jodiste  pues se ayudan unos a otros a morir.

     Con ellos te pasa lo que a Don Quijote cuando a la vista de unos curas que venían montados en sus mulas ocupando todo el camino sin dar trazas de apartarse le dijo a Sancho Panza: “Sancho, con el clero hemos topado”, frase de oro que yo tuve oportunidad de comprobar con las monjas del Sanatorio Español (si es que se les puede llamar “clero”).

     Como muestra baste un botón.

     La madre Fulana atendía en el asilo de ancianos del Sanatorio y osaba recetar. Una vez me llegó a consulta una viejita quien había estado recibiendo, prescritas por la monja, gotas en los ojos con corticoesteroides, que  estaban contraindicados en su caso y se me ocurrió la tontería de usar el expediente como campo de batalla (nunca se debe usar así, pero se me hizo fácil pues no era contra médico alguno) al dejar una anotación pidiéndole a esa religiosa que se abstuviera de recetar.

     ¡Putísima madre!, la también madre: Sor Mengana, la mera mera, fue a visitarme al consultorio a la mañana siguiente para reclamarme. …¡En la que se metió! …conmigo, que, además de ser lo que yo era y me sentía, conocía, a través de escuchar a mi padre, quien era miembro en aquellos tiempos de un comité de mejoras de la Sociedad de Beneficencia Española, el lastre que ellas eran. De boca de él escuchaba cosas como la de la visita a una sala en que se le preguntó a la madre jefa de ahí qué le podían ofrecer y ella pidió unas carpetitas para los respaldos de los sillones ¡carajo!, menos mal que no pidió bolas de estambre para la bufanda kilométrica que tejía con singular dedicación.

     La madre superiora denegó mi invitación cuando le mostré las llaves de mi coche y le dije que lo tenía ahí abajo, en el estacionamiento de médicos. Que la invitaba a ir juntos al Hospital Militar, ahí cerquita, a cinco minutos. Que ella escogiera la sala que quisiera y que le preguntara a la jefa de esa sala lo que se le ocurriera: número de pacientes, nombres, edades, diagnósticos, días de estancia, tratamiento, fecha probable de alta, estudios: ya hechos y pendientes …en fín, lo que le diera la gana …y que luego regresáramos al Sanatorio Español, que me señalara su mejor sala y que yo me conformaba con que la monja jefa de esa sala me dijese el número de pacientes que tenía encamados en ese momento.

     Se salió muy encabronada y al día siguiente me mandó llamar Matute, el querido Dr. Ángel Matute, director médico del Sanatorio, para comunicarme de la queja formal acerca del monjil asunto y diciéndome que si yo consideraba adecuado eliminar esa anotación lo hiciera, pero que si no, no, y que nadie lo haría en mi lugar pues una anotación médica era cosa sagrada e intocable.

     Esa nota ahí se quedó y ahí deberá seguir por los siglos de los siglos, pues el Hospital Español tiene unos archivos soberbios en los que seguramente estará todavía el expediente correspondiente a mi nacimiento el 25 de enero de 1937 (espero felicitaciones y regalos …no se hagan …ahora ya lo saben).

     Volviendo a Tacuba (no a los panteones; cuando yo era niño la expresión “irse a Tacuba” significaba morirse), también “volanteamos” la zona anunciando consulta gratuita los sábados (esto también lo decía con grandes letras rojas y amarillas, como la bandera española, ¡a huevo!, el enorme letrero de la fachada).

     Papá nunca lo vio y yo creo que hasta a él le hubiera parecido exagerado.

     Ya mi padre estaba enfermo y lo hospitalizábamos a veces en el Durango, a veces en el Español; nunca en el Militar por razones de tipo social, ya que recibía muchas visitas cuyas preferencias hospitalarias estaban muy bien definidas pues eso de “visitar a los enfermos” era cosa de altísimo valor en las costumbres de los emigrados miembros de la Colonia Española en México …el caso era …¡sí, visitarlos! pero …¿adonde? El visitar a los enfermos, los bautizos (que se hacían ahí mismo, en el Sanatorio Español) y los velorios (estos sí en Gayosso) eran sucesos de trascendencia social …no cualquier cosa.

     Mi padre fue además miembro y presidente de diversas instituciones de dicha Colonia …vaya, como General de División de la españolería mexicana, y sus lugares para vivir, atenderse y morir los tenían ya muy predeterminados esta clase de próceres.

     Incluso hubo un chiste al respecto que les contaré:

     Le preguntaron a aquél gallego:

     ---- ¡Oye Usebio! … ¿y a ti adonde te gustaría que te enterrasen …ya muerto?

     ---- Pues mira Ulogio, si muero en México quiero que me entierren en La Coruña y si muero en La Coruña quiero que me entierren en México.

     ---- ¡Jo! ¡Pues mira que tiene gracia! …¿y eso por qué?

     ---- ¡Por joder! ¡Coño! ¡Por joder!

     Ahora que escribí el chiste me imaginé al tío ese como el de la ya famosa descripción de un español:

     ¿Tú sabes lo que es un español? …pues es un individuo cejijunto, barbicerrado,  coñodicente, quien, con ronca voz y echando humo por boca y narices, se queja de no haber comido, bebido ni cogido lo suficiente.

     En Tacuba los pacientes llegaron como marabunta. Teníamos amplísima sala de espera que era un gran recinto lleno de sillas de palo y mimbre comunes y corrientes (como de tablao flamenco).

     Al fondo estaba una vitrina larga de tercera mano que hacía de óptica, de mostrador y de escritorio para la recepcionista (sin teléfono por supuesto …no se daban citas …los pacientes llegaban solos. Cuando acabe con esto les contaré un chiste del que me estoy acordando con esto de que “llegaban solos”) y tanto atrás como a un lado de ella, unas precarias repisas de madera atiborradas de medicinas.

     Bueno, mejor se los cuento de una vez y luego le sigo, no se me vaya a olvidar.

     Llega un mexicano a Madrid, baja del avión, pasa aduana y toma un taxi; se busca un cigarro y no trae, por lo que se atreve a decirle al taxista (le han dicho que los españoles son a toda madre con los mexicanos).

     ---- Oiga usted …¿tendrá un cigarrito que me regale?

     ---- Aquí les llamamos “pitillos” ----dice el conductor mientras se lo da.

     ---- ¿Y tendrá un cerillito que me regale?

     ---- Aquí los llamamos fósforos …y lo deja sin lumbre.

     Nuestro paisano, que era de rápido intolere le suelta a bocajarro:

     ---- ¿¡Y como llaman aquí a los hijos de la chingada!?

     ---- Aquí nadie los llama …llegan solos por Iberia.

     Volviendo al consultorio aquel de Tacuba.

      Esto que describí era lo que en otros tiempos fue la sala y el comedor de ese gran departamento. A un lado se abrían las puertas de las tres recámaras, convertidas en consultorios y cuarto de curación. Como siempre: “al fondo a la derecha”, al final de un pasillito, el baño con lavabo, tina, bidet y calentador de leña.

     Una chulada casi decimonónica, pero altamente funcional. Se atendían montones de pacientes, se les vendía medicina y anteojos y operábamos en un sanatorio pequeño de las cercanías.

     Le entrábamos a cualquier tipo de padecimiento y todo fue bien hasta que empecé a sospechar que yo era  muy importante como mula de trabajo, pero poco como persona.

     Esto lo noté cuando me enteré que el hijo de Juan había hecho la primera comunión y no fui invitado a la fiesta.

     ¡Puta madre! ¡Como me dolió!

     Empecé a sentir amargura y desmotivación por ese socio y esa sociedad con dos agravantes: mi papá se estaba muriendo y en Lindavista me estaba yendo a toda madre (ya me había separado de Hegel; lo había traspasado).

     El truene grueso llegó cuando hubo que comprar alguna cosa nueva; algún aparato más moderno y él se negó a cooperar diciéndome que le pidiera dinero a mi “papito”, que era rico. Ahí
le solté todo mi resentimiento y acabamos comprendiendo y decidiendo que los dos no cabíamos juntos en el ancho mundo de la Oftalmología.

     Yo le ofrecí quedarme con todo y liquidarle su parte (hasta pensé en vender mi coche para enfrentar la deuda) lo cual ya andaba aceptando, pero se ve que lo pensó mejor; se quedó con el changarro y me fue pagando poco a poco a través de pagos mensuales que yo tenía que recoger en unos molinos de trigo de unos españoles por Azcapotzalco (nunca supe por qué), pero …eso sí …siempre me pagaron puntualmente, aunque al principio él hizo su pancho; puso abogado y toda la cosa …horrible …horrible. 

     Justo es decir que por esos días comencé a consumir anfetaminas y mis reacciones a cualquier ofensa, real o imaginaria también eran horribles.

     Lo de las  anfetaminas marcará la culminación de estos pocos años acerca de los cuales estoy escribiendo. Serán motivo central del próximo libro, pero no son parte de éste pues fueron al final de los años de tránsito entre la milicia y la vida como civil; tema que aún no he agotado.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 35: Los refugiados españoles y los tiburones japoneses


35

LOS  REFUGIADOS  ESPAÑOLES
Y  LOS  TIBURONES  JAPONESES


     Este oftalmólogo: Juan Rico Rodríguez, era español, como Don Antonio Ros, mas no valenciano, sino gallego, nacido ni más ni menos que en El Ferrol, terruño de Francisco Franco, quien le caía como patada en los huevos.

     A pesar de su carácter sociable y alegre traía una pena en el alma como tantos otros que fueron niños de guerra. A su padre se lo fusilaron nada más, según Juan, por ser el alcalde de un pueblo que por mala suerte le apostó a las fuerzas republicanas durante la Guerra Civil Española en un momento desfavorable.

     Se vino a México como muchos otros excelentes profesionistas españoles.

     Ni te creas que voy a desaprovechar la ocasión de hablar de algunos de ellos pues el paso del tiempo es cruel y justo es que de vez en cuando, y siempre que haya oportunidad, se les ensalce para no olvidarlos del todo (acuérdate cómo en Auschwitz se lucha por no olvidar la historia para que no se repita, pues si la olvidamos “estamos condenados a repetirla”; pero la historia de la Medicina y de sus personajes conviene recordarla tanto para ensalzar valores  como para que encontrar  ejemplo e inspiración).

     Grandes oftalmólogos refugiados españoles fueron Manuel Márquez, Rivas Scheriff y Sadí De Buen. A los dos últimos todavía los vi trabajar y los pude respetar y querer en vida; al primero solamente lo conocí a través de sus libros, y su alma la vislumbré a través de algo sumamente conmovedor que supe que dijo ya viejo y ciego.

     Dijo: “He recorrido el camino de la Oftalmología de un modo completo. Fui su novio enamorado como estudiante, su esposo fiel como médico y su hijo, dependiente y esperanzado, ahora que soy ciego”.

      De poca madre …me cae.

     Rivas Scheriff era ya anciano cuando entablé plática con él. Venía de recoger un galardón en no recuerdo donde y yo, joven ambicioso, le hice saber que me parecía muy gratificante eso de ser galardonado por los compañeros (siempre he dicho que ese es el máximo galardón. No el de los superiores. No el de los subordinados). Don Manuel (que así se llamaba, igual que el Dr. Márquez) me dijo que a él le entristecía pues cuando a uno le empiezan a reconocer méritos es que ya se tiene un pié en la tumba. Nunca olvidé ese pensamiento y he podido comprobar lo cierto que es. Cuando ya no se es adversario es fácil que se muestren generosos con nosotros. Eso me ha servido también para darme cuenta que un buen adversario, aunque no lo galardonemos, es muy positivo en nuestras vidas.

     Acerca de esto me ha gustado recordar el hecho de que los que más lloraron la muerte de Lawrence de Arabia fueron sus enemigos, pues se quedaron sin motivo de vida. El era el Deux ex Machina en la aburrida trama de su arenosa vida beduina.

     Este ejemplo no satisface mucho a mis ahijados cuando tratamos del delicado y difícil asunto de la tolerancia e intentamos encontrarle algo bueno al cabrón que nos llena los huevos de piedritas (casi nadie de ellos ha oído hablar de Arabia; algunos piensan que Oklahoma está en Japón. Su atraso escolar es medieval, hablarles de Lawrence de Arabia es hablarles en chino. Este es uno de los tributos que se le ofrece a la droga y al alcohol: en sus aras se acuchillan y sacrifican, igual que los corazones sangrantes del Templo Mayor, años y años de escolaridad. De educación que nos es tan necesaria para sacar a México adelante).

     El ejemplo que más les gusta, en cuanto a “tolerancia”, es el siguiente:

     Los pescadores japoneses de altura (los que van lejos en sus barcos) (del Japón mi muchachada sí sabe algo por eso del “sushi”)…

     …Aclaración al márgen (perdón mil veces): yo me he vuelto mal hablado al lado de mis padrinos y ahijados. Yo no era así …me cae …pregúntenle a mis hermanos y compañeros de escuela …pero me encanta. A algunos les gusta el shushi pero otros dicen que no, que sabe a “sushingada madre”. Algún otro me asegura que apenas se recupere me invitará a comer un pollo “kentuchi” …un pollo “kentuchingada” madre has comido.

      Pues volviendo al ejemplo de los barcos japoneses y su pesca de alta mar; notaron ellos que el consumidor prefería el sabor de los peces pescados recientemente, por lo que decidieron poner en sus barcos grandes depósitos de agua donde traían la pesca viva hasta ya la hora del sacrificio inmediatamente antes de poner la mercancía en venta.
    
     El consumidor seguía prefiriendo el sabor de los peces pescados en las cercanías, siendo que los de mar adentro eran igual de frescos …o más
    
     ¿Sabes cuál fue la solución?

     Fue poner dentro de cada depósito un pequeño tiburón que trajera en chinga al cardumen.

     Estos peces conservaron todo su sabor y frescura.

     Moraleja: pon un tiburoncete en tu vida y si ya está, toléralo con gusto; un hijo de la chingada que impida que te vuelvas un seco espiritual, soso e insípido, y agradéceselo a Dios además, por eso de que te está concediendo acercarte a la sabiduría …¿Te acuerdas de que “sabio” y “sabor” son palabras primas? (acabo de inventar este término …¿cómo que sólo “números primos”?)

     …Y tal vez tu vida llegue a ser un manjar para tus: “devórame otra vez”, (es@s que se van a estar muriendo por saborearte devorarte y ser devorados por ti una vez que vuelvas al hogar libre de adicciones y con tal vez un nuevo chip insertado dentro de ti por tus pescadores).

     Mil perdones otra vez. Ayer un ahijado que está a punto de terminar su proceso de tres meses de recuperación me entregó, escrito a mano, en una hoja de papel cuadriculado, lo siguiente como muestra de ingenio y sentido del humor (hace tres meses era un ogro intoxicado).

     “Casa de Recuperación Carrasco & A.A. Ltd.” anuncian:   “NUEVO CHIP”: “No causa molestias / hace perdonar inmediatamente / diseñado para servir a uno mismo y a los demás / se le han borrado todos los resentimientos y las culpas / está garantizado de por vida contra temblores, huracanes, guerras, tsunamis, hambrunas y demás desastres naturales / diseñado para la eternidad / desecha inmediatamente el egoísmo / te hace espiritual / trae una antena más potente para comunicarte con Dios / tiene una alarma contra la ira, la frustración, el miedo y la tentación.” “Se requieren tres meses de internamiento para instalación y dominio de la curva de aprendizaje”.

     Ya ustedes me dirán si no es algo estupendo esto que me ocupa tanta parte de tiempo entre mis santos léperos y mal hablados.

     Haré como Monserrat Caballé, que después de cantar toda emocionada, abre esos ojos enormes y dulces que tiene y mira asombrada y parpadeante al mundo que la rodea como no sabiendo dónde se encuentra. Como si hubiera estado perdida un buen rato adentro de ella misma.

     Continúo con lo que dejé pendiente.
   
      El Dr. Sadi de Buen era patólogo, y por dedicarse a la patología ocular, hizo la especialidad de oftalmología a sabiendas de que nunca vería pacientes. El sólo veía laminillas de biopsias y otros fragmentos,  y gracias a esa entrega hacia la especialidad fue el patólogo ocular más reconocido de México en su época al igual que Don Isaac Costero, otro refugiado español, lo fue en la histopatología general, figurando como el patólogo estrella en el Instituto Nacional de Cardiología y fundador de una escuela que formó a muy grandes patólogos mexicanos

     Lo que quiero hacer notar es que esta gente traía la mística, el espíritu europeo, y lo inoculó en nuestro país.

     No son nada más los dineros, son los espíritus los que mueven a los corazones como el de Don Ignacio Chávez, fundador de dicho Instituto, quien sin ser cirujano ni patólogo supo rodearse de una elite de figurones que podrían haberlo opacado y que no solo no lo hicieron, sino que lo pusieron a brillar de un modo especial por su “ecumenismo” (valga la palabra) científico.

     Lo único malo que yo les notaba a los textos europeos era que traían demasiada paja; eran muy choreros en comparación con los norteamericanos. Aunque yo estaba seguro de que aquel axioma de “al pan pan y al vino vino” era muy español y muy directo, los norteamericanos eran más directos en sus textos.

     Escuchar a Juan Rico dando clase a los de la UNAM era una hueva. Con él aprendí vivamente (no, no: …mortalmente) lo que era escuchar a alguien que le gusta escucharse a sí mismo. Sin embargo, en su charla coloquial, era encantador y hasta fascinante. Daba ejemplos de antología. Por ejemplo. Decía que Claudia Cardinale era tan hermosa que él se conformaría plenamente con poder tocarle una chichi que sólo se asomara por el agujero de una pared. Yo había leído de los “holy holes” con penes asomados a través de las paredes, pero lo de la chichi me pareció el sumum de la admiración hacia los encantos de una mujer.

     Les llevaba el dinero que recolectaba el Centro Gallego para tal fin a los ancianitos del asilo oriundos de Galicia (me gustaba acompañarlo, pero era un coñazo estarlo escuchando charlar las horas en lengua gallega; se me hace que por eso iba a verlos). Le gustaba el ajedrez tanto como a mí y me introdujo en el círculo de ajedrecistas de la Casa del Lago de Chapultepec.

     Tenía su consultorio elegante en Polanco, en Torcuato Tasso, igual que Ros y yo; no sé si le iba bien o mal pero me propuso que juntos montáramos uno de tipo más económico para gente de pocos recursos en el que atendiéramos muchos pacientes a bajo costo.

     Yo andaba por los treinta años y él tenía cuarenta y tres, igual que Payró (éste lo tenía en la colonia Roma; en el Dalinde (o en La Central Quirúrgica; ya no me acuerdo; y le iba muy, pero que muy bien). Primeramente  me convenció de dejar el consultorio de Hegel con mis compañeros médicos militares haciéndome ver que yo tenía  mucho mejor futuro que ellos y que no tenía por que compartirlo.

     Supongo que vio en mí un asociado enjundioso y solvente. De hecho así fue durante un año, en el que me harté de trabajar con él, pero sobre todo para él …y terminamos mal.

     Les voy a platicar de este consultorio porque tuvo éxito inmediato.
     Merece capítulo aparte.