"El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada
sino la vida, la brillante e intensa vida."

Alain - Arias Misson

martes, 11 de junio de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 38: Un compadre a toda madre



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UN  COMPADRE  A  TODA  MADRE


     Como sólo estaba bien equipado el consultorio de Hegel, tenía que andar desarmando aparatos, cargándolos en la cajuela del coche …volviéndolos a armar una y otra y otra vez.

     En  Cienfuegos  (así se llamaba la calle donde lo abrí en Lindavista y por eso se me llegó a conocer como “El Doctor Cienfuegos”) sólo puse, en una recámara, un poste y un sillón reclinable que le pagaba a una óptica mandándole trabajo de lentes, o sea, recomendándola a los pacientes a quienes se los graduaba.

     Nada más.

     Todo lo demás lo llevaba y traía en el coche de Polanco a Lindavista y de Lindavista a Polanco.

     En el de la Calzada México Tacuba no pusimos poste ni sillón sino una silla para cada uno de nosotros y entre ambas mi caja de pruebas con su tosco armazón y llena de cristales para graduar lentes. Al frente de cada silla, en la pared, las letras y ¡ále! …a trabajar con eso así como con un aparato grande y viejo de mi socio y uno menor sencillito, pero nuevo, que yo le compré en abonos a Optica Lux. No digo los nombres de esos aparatos porque no viene al caso ¿o sí?

     Aquí también pusimos farmacia y óptica.

     Los pedidos de lentes los llevaba yo con Adam Korder, el cual fue mi compadre (el del M. G. ¿se acuerdan?) quien tenía varias ópticas en la ciudad y una fábrica de anteojos con taller en Lindavista, sobre la calzada que va para Ticomán.

     Este mi querido compadre que Dios tenga en su gloria era un fabuloso hombre de negocios y precursor de aquella idea que popularizó la Kodak de que la letra ‘K’ vendía de maravilla. Adam puso su K de Korder en todos sus negocios; no sólo fue la ‘Optica K’ sino otra a la que le puso ‘Koróptica’, otra ‘Optik’ y varias más de las que me da hueva ponerme a recordar.

     También él me hizo los trámites para traer mi primer equipo de consultorio desde Japón.

     Adam de joven estuvo enamoriscado de Conchi mi primera esposa. Alguna vez me confesó que cuando me conoció en fotografía se dijo: ¿y este pinche flaco muerto de hambre me la ganó?

     El era llenito y bajo de estatura, rubicundo como lo fue su padre alemán, pero bien ladino, como lo debe haber heredado de su madre indígena. Fue pobre y se ganaba la vida a las puertas de la preparatoria nacional, allá por las calles de San Ildefonso vendiendo lentes para sol puestos en una tabla colgada del pescuezo como esas cigarreras de los centros nocturnos (otra premonición de los lentes en las banquetas de hoy en día).

     Empezó a estudiar medicina pero se cambió a la nueva y flamante carrera de optometría en el Poli. Fue miembro de la primera generación de egresados de esa carrera y se hizo rico pero de verdad rico en el mundo de la optometría.

     Podría escribir un chingo de anécdotas de él, quien fue un típico loco exitoso, pero sería extenderme demasiado. Baste para dar una clara idea de lo que fue el padrino de Anaí (y padre de mi ahijado Vincent; estupendo y laureado oftalmólogo actualmente) lo que les voy a contar.

     Estando de viaje en París lo trataron mal en un hotel de lujo. ¿Saben cómo se vengó? …se fue al mercado más cercano, compró cien gramos del queso más apestoso que encontró; quitó las placas de los encendedores de luz de la suite que iba a desocupar, retacó el interior de queso, volvió a atornillar las placas, limpió todo escrupulosamente y se regresó a México todo gozoso calculando el tiempo en que en ese lujoso hotel iban a descubrir el origen de la peste a pies y poder volver a alquilar la suite.

     ¡Mucho cuidado si eras su compañero de viaje! no más por joder y gozar te podía meter a escondidas en tu maleta, ya hecha y lista para viajar, hojas de lechuga y algunas otras verduras  medio podridas no más para ver cómo se lo explicabas a los aduanales si te abrían la maleta. Le gustaba poner cara compungida y decirle al guarda

     ---- Es que el pobre pasa hambre.

     Me llevó al box las únicas tres veces que fui en mi vida.

     Fue una ráfaga de gramática parda, locura y sabiduría en mi vida.

     Lástima que no haya muchos como él en el mundo de la cordura y la prudencia, y los haya tenido que seguir buscando, disfrutando y queriendo en otros ámbitos de los que ya platicaré largo y tendido a su debido tiempo.

     Por último diré de Adam Korder que me dio una lección de integridad espiritual que nunca he olvidado.

     Cuando le dio el primer infarto y lo acompañaba yo en la ambulancia al hospital de La Raza del Seguro Social, le pregunté si quería que llegando, le buscara un sacerdote para confesarse.

     El había sido educado en el catolicismo pero no era practicante activo de ese credo.

     Su cara se le veía blanca y afilada. Respiraba con dificultad. No le hubiera costado ningún trabajo, como hombre de empresa brillante que era haber negociado la eternidad (por si acaso) asintiendo con la cabeza.

     Sólo me dijo por lo bajo pero con firmeza:

     ---- No Lalo.

     Con esto estaba desechando el salvoconducto hacia la salvación de su alma del modo como yo en aquel tiempo creía firmemente que era el único valedero.

     En dos ocasiones he sido testigo del hecho de meterle asuntos religiosos a huevo al moribundo. Siempre me pareció cruel, pero ahora me parece equivocado. Nadie tiene derecho de hacer que una moribunda confiese como pecado el vivir años y años con un hombre divorciado con el que procreó descendencia. Es como hacer que alguien, ante la inseguridad y temor del más allá, traicione la pureza de sus hijos. No creo que haya Dios alguno que vea esto con buenos ojos. Si yo fuera San Pedro no la dejo entrar al cielo ni a madres. No creo que un anciano que ya no toma decisiones importantes tenga que ser convencido de la necesidad de hacer una confesión cuando todavía no sabe ni debe saber que se esta muriendo, mientras una monja a la que nadie llamó se planta a su lado reza que reza en voz alta con una vela prendida en la mano.

     Hace ya mucho tiempo que aprendí que “religión” y “espiritualidad” no son lo mismo. Para mí las religiones son la burocracia de la espiritualidad. A quien le guste la burocracia, las jerarquías, los ritos y liturgias le recomiendo la religiosidad. A mí me hizo daño …pero sólo hablo por mí y de mí.

     La farmacia adentro del consultorio de la calzada México  Tacuba la teníamos con lo indispensable ¡nada de muestras médicas! Eso era de médicos rascuaches y me di la ahorrativa puntada de tener colirios “made in home”, por ejemplo: de pilocarpina para el glaucoma,  preparados por el farmacéutico de la Segunda Compañía, quien también se prestaba para otros mejunjes y me ofrecía con la sonrisa en la boca (era vaciado) prepararme polvos excitadores sexuales de cantárida cuando yo quisiera pues la yohimbina ya estaba fuera del mercado. Afortunadamente nunca recurrí a sus habilidades más que para la pilocarpina al dos y al cuatro por ciento en frasco de vidrio ámbar y tapón de gotero.

     ¡Espérame tantito! …una vez recurrí a sus servicios especiales encargándole un condón. Fue en esa ocasión cuando comprendí que eso no era para mí pues el sólo hecho de intentar ponérmelo llevó al flácido desastre toda la conquista.

     Cuando oigo hablar de interacción, globalización y todas esas madres pienso que son conceptos antiquísimos. Si los tres mosqueteros decían “uno para todos y todos para uno” ya desde hace un chingo de tiempo, no sé porqué tanta alharaca ahora con lo mismo. No todos para uno y uno para todos solamente como personas, sino como recursos …pues ¿Qué?  ¿Hay otra manera de hacerlo?

jueves, 23 de mayo de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 37: Vivir no es sólo existir... es morir en la moto


37

VIVIR  NO  ES  SÓLO  EXISTIR
…ES MORIR  EN  LA  MOTO


     El servicio de Oftalmología del Español era un servicio con dos cabezas, y eso de los servicios bicéfalos siempre ha sido disfuncional.

     Decía mi padre, con ese su sentido del humor celta excelente, que para que un negocio funcionara bien debía tener tres patrones: uno al frente, otro enfermo y el tercero de viaje.

     El médico viejo buena onda y el viejo nefasto no se llevaban bien, no se comunicaban …pero eran igual de jefes.

     Oftalmología no se fue para arriba al levantarse el gran edificio hospitalario conocido como la “Unidad Pablo Diez” (famoso benefactor, paisano leonés) porque nunca estuvo uno de ellos peleando por: médicos, equipo y todo tipo de prebendas como lo hicieron Parás para Cardiología, Álvarez Bravo para Ginecología y Obstetricia, Matute para Gastro, Pino para Ortopedia, Azcárate para Otorrino y todos, todos los jefes de servicio que pelearon, prepararon y mejoraron su territorio en aquél nuevo magnífico hospital que, cuando yo me presenté en las instalaciones viejas para hacer mi solicitud de trabajo, apenas era un dibujo de enormes líneas blancas trazadas con cal en el piso.

     Tuvieron que pasar muchos años; mucha agua pasó por debajo de ese molino para que las cosas cambiaran y para entonces yo ya no era uno de los molineros …de hecho ya no había ninguno de aquellos junto a los cuales fui moliendo el trigo con que amasé poco a poco, en aquel tiempo, el bendito pan de mi profesión esponjado con la levadura de tan noble especialidad.

     Ese oftalmólogo gallego como ya te dije, me convenció de que yo era especial y de que estaría mejor sólo dando consulta que asociado con otros (que no fueran él).

     Recordé lo que me había dicho mi padre acerca de montar consultorio en casa e hice la prueba.

     Puse  consultorio también en mi casa.

     ¡Puta madre! Se fue para arriba como la espuma.

     Puse un letrerazo, no …dos letreros …uno enorme en una barda de la avenida Montevideo, la más importante de Lindavista, todo negro pero con unas letras blancas de a metro cada una que decían “OCULISTA” (me encabronaba la palabrita, pero no cabía de buen tamaño la de: “oftalmólogo”. Además ésta no era bien conocida por el pópulo; algunos creían que ser oculista era algo como ser “dentista”’, no médico “como todos”. Se hacían …y se hacen bolas aún con eso de: “oculista”, “optometrista” y “oftalmólogo” …apenas me estoy dejando de encabronar por ello) y debajo de ella, a todo lo largo, una enorme flecha que apuntaba hacia la esquina como diciendo “ahí está”, a la vueltecita . Sobre la puerta de mi garage puse otro mucho más discreto y aún así me avergonzaba un poco pues tenía mi nombre y estaba en mi casa; como que me sentía  “oftalmólogo prostituto” (“se vende oftalmólogo”).

     Y menos mal que me decidí a todo esto de los anuncios ya que la competencia, aunque escasa, era tremenda, con programas de radio de treinta minutos cada uno dos veces al día y anuncios en la estación radiofónica que daba (¿todavía la dará?) la hora minuto a minuto. Cada minuto se escuchaba el nombre y datos de la competencia, cada minuto durante las veinticuatro horas del día, un mil cuatrocientas cuarenta y cuatro veces al día.

     Los pronósticos de mi padre se cumplieron de nuevo.

     Llegaba yo del campo militar  (era un rato delicioso manejar escuchando a “Tres Patines” durante escasa media hora sin tener que ver enfermos) …y ya había pacientes sentados a la mesa comiéndose una sopita mientras yo no estaba. No se iba ni uno.

     Poco a poco fui dejando todo por aquel consultorio.

     Fue como un regalo de Dios, pero como decimos entre padrinos y ahijados en el mundo de las adicciones: “ten cuidado con lo que le pides a Dios, porque capaz que te lo cumple”.

     En aquellos dos o tres años entre l965 y l967 mi vida diaria se desplazaba vertiginosamente desde Lindavista hasta los rumbos del aeropuerto donde trabajé como oftalmólogo en el hospital infantil de San Juan de Aragón, pasando por el Hospital Central Militar a donde iba para mantenerme actualizado y seguirme perfeccionando, el Campo Militar, el Sanatorio Español, el consultorio de Tacuba y el de Polanco. Además tenía que llevar y traer pedidos de anteojos, medicamentos, acudir a cursos (fui durante años y años a cursos y más cursos) y atender mis obligaciones como supuesto buen padre de familia e hijo cariñoso y considerado.

     Estas idas y venidas llegaron a ser más adelante tan conflictivas por las obras del Circuito Interior que se iniciaron en lo que era Cuitláhuac y Jacarandas (mis vías normales para el Español y el Militar desde Lindavista) que tuve que aprender a andar en motocicleta.

     Tenía, como ves, mi trabajo del Hospital Español, de la Segunda Compañía de Sanidad en el Campo Militar Número Uno, el consultorio de Polanco, otro que abrí con el oftalmólogo de marras del Español en la calzada México Tacuba y una chamba como oftalmólogo en el Hospital Infantil de San Juan de Aragón a la cual acudí muchos meses por no fallarle a un querido maestro, director del mismo, quien me invitó, pero a la que acabé por renunciar sin haber cobrado jamás un centavo, aunque, eso sí, teniendo que checar tarjeta con un pendejo sombrerudo que se sentía dueño del hospital desde su pinche caseta.

     Insisto mucho en esto del trabajo excesivo porque fue causa importante de mi caída en los psico estimulantes. Creía firmemente en aquel poema de Gregorio Marañón, médico, pensador, escritor y poeta madrileño, quien escribía:

                                 “Vivir no es sólo existir
                                  sino existir y crear,
                                  saber gozar y sufrir
                                  y no dormir sin soñar.
                                  Descansar …es empezar a morir”

     Igual andaba volando con mi “carabela” amarilla, motocicleta chafa de repartidor con la que aprendí (me costó doce mil pesos nuevecita, de agencia …bueno …de juguetería o de mueblería, ya no me acuerdo dónde las vendían, y tenía una calamidad de motor de dos tiempos _de esos que hacen taca taca taca taca_ con una sola bujía que se le empapaba de aceite a cada rato y cuya máquina sonaba como cuando le jalas el agua a un excusado de esos antiguos de caja alta y cadena larga) como igual volaba poco después con una BMW 900 de poca madre, negra con plateado y con dos Hondas padrísimas, una “500” guinda y años después con otra Goldwing 1100 verde pasto, con maletas, que pesaba más de 500 kilos.

     Con esta moto, muchos años después, me estrellé una noche contra un poste en pleno Paseo de la Reforma al cerrárseme y aventarme contra el camellón un taxista envidioso de mi moto y de mi chava, dando  por terminado con esto mis ardores motocicleteros. Ni ella ni yo llevábamos casco …¡Cómo! ¡¿Presumir nuestros palmitos con las caras tapadas?! Asun, mi esposa, quien era mi “chava” en aquel entonces , quedó inconsciente tirada en la banqueta y yo, chorreando sangre con la nariz y un pómulo rotos y vidrios de los anteojos amarillos (bien padrotes ¿no? dizque para manejo nocturno) clavados en la piel cabelluda (que sangra un chingo), medio encuerado pues me había quitado la camisa para limpiar la sangre de mi cara; no sabía si levantarla a ella o a la moto que derramaba gasolina con peligro de incendiarse, explotar y matarnos a los dos.

     Una pareja joven nos ayudó. Mientras él y yo levantábamos aquella moto que pesaba más que una vaca, ella reconfortaba a Asun, que ya comenzaba a decir ..¿on toy? y a mover brazos y piernas …gracias a Dios.

     Asun no murió, como supondrán, y algo después me regaló una motocicletita de unos cuantos centímetros que adornó mi buró unos años hasta que se me quitó por completo la afición por las motos …pero no el amor por ellas.

     Pocas cosas hay que me hagan detener o voltear cuando camino por la calle como no sea una buena motocicleta subida en la banqueta. Las veo y las acaricio. Me encantan.

     Una motocicleta grande y hermosa parada junto a un portón vetusto de madera en Coyoacán, con el fondo de una barda de piedra coronada de bugambilia, me parece que podría ser un poster perfecto para anunciar la entrada al paraíso.
    
     Eran tantas las prisas que a veces me sorprendía jalando el agua del excusado al  sentarme a cagar antes de haber comenzado.

     Pensar en que algún día llegaría a ser un ciudadano que contara con tiempo de llevar su ropa a la tintorería (no tenía que hacerlo, pero me parecía una bonita idea) me parecía una quimera.

lunes, 29 de abril de 2019

Alma en Tránsito Capítulo 36: Otra monja horrible y un consultorio de locura


                                                36

OTRA  MONJA  HORRIBLE
Y  UN  CONSULTORIO  DE  LOCURA


     Lo pusimos en la calzada México Tacuba, no allá por los panteones cerca de Naucalpán, sino acá ya cerca de Cuitláhuac (lo que viene siendo ahora el Circuito Interior), más cerca del Sanatorio Español y de Lindavista, pero en zona de clase más baja que media, en un primer piso de un edificio viejo cuya planta inferior estaba ocupada por una de aquellas famosas mueblerías SyR (Salinas y Rocha).

     Pusimos en la fachada, inmediatamente por arriba de la mueblería, debajo de nuestras ventanas, un letrero tan enorme anunciando que ahí había oftalmólogos del Hospital Militar y del Sanatorio Español, que los muebleros se  quejaron con el propietario y nos pidieron enérgicamente ser menos ostentosos porque le quitábamos calidad y clientela a la mueblería (¡hazme el favor!).

     Obedecimos, porque un tal “señor Janeiro”, el dueño, era paisano de Rico y entre gallegos y muebleros ya te jodiste  pues se ayudan unos a otros a morir.

     Con ellos te pasa lo que a Don Quijote cuando a la vista de unos curas que venían montados en sus mulas ocupando todo el camino sin dar trazas de apartarse le dijo a Sancho Panza: “Sancho, con el clero hemos topado”, frase de oro que yo tuve oportunidad de comprobar con las monjas del Sanatorio Español (si es que se les puede llamar “clero”).

     Como muestra baste un botón.

     La madre Fulana atendía en el asilo de ancianos del Sanatorio y osaba recetar. Una vez me llegó a consulta una viejita quien había estado recibiendo, prescritas por la monja, gotas en los ojos con corticoesteroides, que  estaban contraindicados en su caso y se me ocurrió la tontería de usar el expediente como campo de batalla (nunca se debe usar así, pero se me hizo fácil pues no era contra médico alguno) al dejar una anotación pidiéndole a esa religiosa que se abstuviera de recetar.

     ¡Putísima madre!, la también madre: Sor Mengana, la mera mera, fue a visitarme al consultorio a la mañana siguiente para reclamarme. …¡En la que se metió! …conmigo, que, además de ser lo que yo era y me sentía, conocía, a través de escuchar a mi padre, quien era miembro en aquellos tiempos de un comité de mejoras de la Sociedad de Beneficencia Española, el lastre que ellas eran. De boca de él escuchaba cosas como la de la visita a una sala en que se le preguntó a la madre jefa de ahí qué le podían ofrecer y ella pidió unas carpetitas para los respaldos de los sillones ¡carajo!, menos mal que no pidió bolas de estambre para la bufanda kilométrica que tejía con singular dedicación.

     La madre superiora denegó mi invitación cuando le mostré las llaves de mi coche y le dije que lo tenía ahí abajo, en el estacionamiento de médicos. Que la invitaba a ir juntos al Hospital Militar, ahí cerquita, a cinco minutos. Que ella escogiera la sala que quisiera y que le preguntara a la jefa de esa sala lo que se le ocurriera: número de pacientes, nombres, edades, diagnósticos, días de estancia, tratamiento, fecha probable de alta, estudios: ya hechos y pendientes …en fín, lo que le diera la gana …y que luego regresáramos al Sanatorio Español, que me señalara su mejor sala y que yo me conformaba con que la monja jefa de esa sala me dijese el número de pacientes que tenía encamados en ese momento.

     Se salió muy encabronada y al día siguiente me mandó llamar Matute, el querido Dr. Ángel Matute, director médico del Sanatorio, para comunicarme de la queja formal acerca del monjil asunto y diciéndome que si yo consideraba adecuado eliminar esa anotación lo hiciera, pero que si no, no, y que nadie lo haría en mi lugar pues una anotación médica era cosa sagrada e intocable.

     Esa nota ahí se quedó y ahí deberá seguir por los siglos de los siglos, pues el Hospital Español tiene unos archivos soberbios en los que seguramente estará todavía el expediente correspondiente a mi nacimiento el 25 de enero de 1937 (espero felicitaciones y regalos …no se hagan …ahora ya lo saben).

     Volviendo a Tacuba (no a los panteones; cuando yo era niño la expresión “irse a Tacuba” significaba morirse), también “volanteamos” la zona anunciando consulta gratuita los sábados (esto también lo decía con grandes letras rojas y amarillas, como la bandera española, ¡a huevo!, el enorme letrero de la fachada).

     Papá nunca lo vio y yo creo que hasta a él le hubiera parecido exagerado.

     Ya mi padre estaba enfermo y lo hospitalizábamos a veces en el Durango, a veces en el Español; nunca en el Militar por razones de tipo social, ya que recibía muchas visitas cuyas preferencias hospitalarias estaban muy bien definidas pues eso de “visitar a los enfermos” era cosa de altísimo valor en las costumbres de los emigrados miembros de la Colonia Española en México …el caso era …¡sí, visitarlos! pero …¿adonde? El visitar a los enfermos, los bautizos (que se hacían ahí mismo, en el Sanatorio Español) y los velorios (estos sí en Gayosso) eran sucesos de trascendencia social …no cualquier cosa.

     Mi padre fue además miembro y presidente de diversas instituciones de dicha Colonia …vaya, como General de División de la españolería mexicana, y sus lugares para vivir, atenderse y morir los tenían ya muy predeterminados esta clase de próceres.

     Incluso hubo un chiste al respecto que les contaré:

     Le preguntaron a aquél gallego:

     ---- ¡Oye Usebio! … ¿y a ti adonde te gustaría que te enterrasen …ya muerto?

     ---- Pues mira Ulogio, si muero en México quiero que me entierren en La Coruña y si muero en La Coruña quiero que me entierren en México.

     ---- ¡Jo! ¡Pues mira que tiene gracia! …¿y eso por qué?

     ---- ¡Por joder! ¡Coño! ¡Por joder!

     Ahora que escribí el chiste me imaginé al tío ese como el de la ya famosa descripción de un español:

     ¿Tú sabes lo que es un español? …pues es un individuo cejijunto, barbicerrado,  coñodicente, quien, con ronca voz y echando humo por boca y narices, se queja de no haber comido, bebido ni cogido lo suficiente.

     En Tacuba los pacientes llegaron como marabunta. Teníamos amplísima sala de espera que era un gran recinto lleno de sillas de palo y mimbre comunes y corrientes (como de tablao flamenco).

     Al fondo estaba una vitrina larga de tercera mano que hacía de óptica, de mostrador y de escritorio para la recepcionista (sin teléfono por supuesto …no se daban citas …los pacientes llegaban solos. Cuando acabe con esto les contaré un chiste del que me estoy acordando con esto de que “llegaban solos”) y tanto atrás como a un lado de ella, unas precarias repisas de madera atiborradas de medicinas.

     Bueno, mejor se los cuento de una vez y luego le sigo, no se me vaya a olvidar.

     Llega un mexicano a Madrid, baja del avión, pasa aduana y toma un taxi; se busca un cigarro y no trae, por lo que se atreve a decirle al taxista (le han dicho que los españoles son a toda madre con los mexicanos).

     ---- Oiga usted …¿tendrá un cigarrito que me regale?

     ---- Aquí les llamamos “pitillos” ----dice el conductor mientras se lo da.

     ---- ¿Y tendrá un cerillito que me regale?

     ---- Aquí los llamamos fósforos …y lo deja sin lumbre.

     Nuestro paisano, que era de rápido intolere le suelta a bocajarro:

     ---- ¿¡Y como llaman aquí a los hijos de la chingada!?

     ---- Aquí nadie los llama …llegan solos por Iberia.

     Volviendo al consultorio aquel de Tacuba.

      Esto que describí era lo que en otros tiempos fue la sala y el comedor de ese gran departamento. A un lado se abrían las puertas de las tres recámaras, convertidas en consultorios y cuarto de curación. Como siempre: “al fondo a la derecha”, al final de un pasillito, el baño con lavabo, tina, bidet y calentador de leña.

     Una chulada casi decimonónica, pero altamente funcional. Se atendían montones de pacientes, se les vendía medicina y anteojos y operábamos en un sanatorio pequeño de las cercanías.

     Le entrábamos a cualquier tipo de padecimiento y todo fue bien hasta que empecé a sospechar que yo era  muy importante como mula de trabajo, pero poco como persona.

     Esto lo noté cuando me enteré que el hijo de Juan había hecho la primera comunión y no fui invitado a la fiesta.

     ¡Puta madre! ¡Como me dolió!

     Empecé a sentir amargura y desmotivación por ese socio y esa sociedad con dos agravantes: mi papá se estaba muriendo y en Lindavista me estaba yendo a toda madre (ya me había separado de Hegel; lo había traspasado).

     El truene grueso llegó cuando hubo que comprar alguna cosa nueva; algún aparato más moderno y él se negó a cooperar diciéndome que le pidiera dinero a mi “papito”, que era rico. Ahí
le solté todo mi resentimiento y acabamos comprendiendo y decidiendo que los dos no cabíamos juntos en el ancho mundo de la Oftalmología.

     Yo le ofrecí quedarme con todo y liquidarle su parte (hasta pensé en vender mi coche para enfrentar la deuda) lo cual ya andaba aceptando, pero se ve que lo pensó mejor; se quedó con el changarro y me fue pagando poco a poco a través de pagos mensuales que yo tenía que recoger en unos molinos de trigo de unos españoles por Azcapotzalco (nunca supe por qué), pero …eso sí …siempre me pagaron puntualmente, aunque al principio él hizo su pancho; puso abogado y toda la cosa …horrible …horrible. 

     Justo es decir que por esos días comencé a consumir anfetaminas y mis reacciones a cualquier ofensa, real o imaginaria también eran horribles.

     Lo de las  anfetaminas marcará la culminación de estos pocos años acerca de los cuales estoy escribiendo. Serán motivo central del próximo libro, pero no son parte de éste pues fueron al final de los años de tránsito entre la milicia y la vida como civil; tema que aún no he agotado.